12 de Diciembre de 2017

Opinión

Laudato si, mi signore

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Laudato si, mi Signore, Loado seas, mi Señor, se llama la segunda encíclica del buen Papa Francisco “sobre el cuidado de la casa común”, firmada en la Festividad de Pentecostés y publicada el pasado 24 de junio.

La encíclica lleva el título en umbro en memoria del “mínimo y dulce” Francisco de Asís que en ese dialecto escribió el Cantico de las criaturas, por la obra divina y todas sus criaturas, como hermanos y hermanas: por el hermano sol, la hermana luna y las estrellas; por el hermano viento y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo; por la hermana agua, humilde, preciosa y casta; y por la casa común,  una madre bella que nos acoge entre sus brazos: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”.

En el Cántico, San Francisco ruega “por aquellos que perdonan por tu amor, y sufren enfermedad y tribulación”, enunciado en el que la encíclica profundiza y seguramente suscitará controversia, como refiere El País: “El Papa enarbola una reivindicación social inédita en sus formas que a muchos les puede parecer una invasión de su hasta ahora exclusivo territorio ideológico. Francisco denuncia una relación directa entre destrucción del medio ambiente, pobreza y explotación económica y advierte que no sirve luchar contra uno de estos tres factores si no se atacan los otros.

Al mismo tiempo, alza la voz contra la tecnificación obsesiva y un falso humanismo que, en el fondo, relega a la persona en beneficio de la máquina”. ¿Alguien podrá dudar de estas simples y poderosas verdades? A pocos días, en Estados Unidos, ya se escucha la respuesta adversa de conocidos políticos.

El documento señala que hay un consenso científico sólido de que el calentamiento global es un hecho real y que el cambio climático, aunque en parte se da  en forma natural, tiene como principal causa la actividad humana, a “nosotros”, el pomposamente llamado origen antropogénico; que los países en desarrollo están a merced de las naciones industrializadas que explotan sus recursos para alimentar su economía en una relación “estructuralmente perversa”.

Rechaza la idea de que sólo con crecimiento económico se pueden resolver el hambre, la pobreza y el deterioro del medio ambiente, filosofía a la que llama “un concepto mágico de mercado”; convoca a crear regulaciones claras para frenar el calentamiento global e instituciones fuertes que las hagan valer, con capacidad para sancionar su incumplimiento; y a un cambio de perspectiva ética global  para cuidar la naturaleza ligada al bienestar de los pueblos: “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral”. 

No le faltará al buen padre enfrentar una jauría de contemporáneos lobos de Gubbia, probablemente no domesticables, pero tendrá de su lado, también, muchas almas de buena voluntad.

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