16 de Agosto de 2018

Opinión

Lea y deje leer

He sido lector y de nada de lo que he leído me arrepiento. Soy tan lector que hasta las fórmulas de las medicinas leo...

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El otro día conversaba con un amigo –inteligente él como todos mis amigos- y tocábamos los temas más disímiles, desde nuestros respectivos gustos de lectura hasta el primer libro que leímos y qué es lo que más nos gusta leer y nuestra forma de hacerlo.

Conforme iba transcurriendo la charla, me fui dando cuenta que había entre mi amigo y yo muchos puntos de coincidencia. Uno es que no tenemos un orden para leer y lo mismo hoy nos toca estar frente a un ejemplar de poesía que mañana ante otro de novela o quizá de historia o de ensayo o comenzamos a leer un texto por el medio o vamos pasando los capítulos y nos detenemos en los que nos interesan. 

Este intercambio de ideas comenzó porque revisábamos un texto de un tercer amigo sobre Cervantes y Shakespeare –cuyos 400 años de nacidos se cumplen este 2017- y le dije: “No sé si sea motivo de vergüenza, pero nunca he podido avanzar en la lectura de El Quijote, y vaya que lo he intentado, así que los expertos en recomendar lecturas quizá me miren por encima del hombro y más si les señalo que no he sentido que me haga falta”.

Creo, le dije, que no hay ninguna “lectura obligada” y que no tenemos por qué imponerle a nadie, menos a los niños, la tarea de tener que leer la obra de Cervantes o de ningún otro, sino inculcarles el hábito y dejar que cada quien vaya escogiendo qué va a leer, cuánto y cómo, porque es la única forma de hacerlo placenteramente.

Aquel amigo me dio la razón. Inclusive me señaló que algún autor habla de “lectores machos” y “lectores hembras” y que en esto no tiene nada que ver el sexo ni las preferencias sexuales de la persona. Los “lectores machos” –que bien pueden ser mujeres- comienzan a leer por donde les da la gana y no llevan un orden; los “lectores hembras” son quienes comienzan en la página 1 y van en riguroso orden hasta llegar al final.

No sé hasta qué punto tenga razón el experto del que hablaba aquél, pero sí se que nunca en la casa me dijeron qué y cómo tenía que leer; comencé a ser lector cuando no había cumplido seis años y lo primero que leí fue el periódico, luego un libro que se llamaba Tepepan, poesías y más adelante una recopilación de aventuras de los sacerdotes de Maryknoll en sus misiones en Asia. Más tarde comencé con un misal en latín y español que había en la casa y que disfrutaba mucho sobre todo por la textura de sus hojas, de un finísimo papel que me acariciaba las manos.

A partir de entonces, he sido lector y de nada de lo que he leído me arrepiento. Soy tan lector que hasta las fórmulas de las medicinas leo.

¿Y a qué viene todo esto? Pues a que muchas veces papás y maestros damos a los jóvenes fórmulas y catálogos para leer y eso no me parece adecuado. Hay que dejar que lean lo que les guste.

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