18 de Noviembre de 2018

Opinión

Lecciones del gran Ángel

Ángel, que así se llamaba, era muy inteligente y afable y tenía una inclinación especial a consentir y acariciar a los niños.

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Fue un gran amigo, nunca pidió nada, tampoco se quejó de sus enfermedades y achaques –que los tuvo y serios-, mantuvo esa mirada dulce con la que declaraba su amor. Ángel, que así se llamaba, era muy inteligente y afable y tenía una inclinación especial a consentir y acariciar a los niños.

Estuvo con nosotros desde 2001 y durante esos 13 años, sea que uno llegara temprano o tarde,  tenía que ir a saludarlo para que pudiera estar tranquilo. Una de sus manías era que no podía comer  solo: alguien debía acompañarlo siempre o no probaba bocado, así pasara todo el día.

Su coco eran los gaseros. Cuando oía que llegaban a cambiar el depósito, corría a esconderse y, hasta que ya no había riesgo, salía de su escondrijo.

Con nosotros fue testigo de bodas, bautizos y crecimiento de la familia con la llegada de los nietos. Y se alegraba cada vez que alguno de éstos venía a la casa.

Sólo quien lo tuvo cerca puede dar testimonio de todo el amor que era capaz de prodigar. A mí siempre me impresionó su mirada tierna e inteligente. Conocía muy bien a cada uno y era respetuoso de la visita. Nunca tuvo un gesto de agresividad hacia nadie, fuera grande o pequeño, y todos podían jugar con él.

En los últimos meses, una vieja dolencia en las piernas –la cual le fue operada siendo muy joven-, problemas cardiacos, inflamación de la próstata y una fuerte gastritis, entre otros achaques, lo hicieron cliente frecuente del médico, quien hizo todo lo posible porque su “calidad de vida” se mantuviera lo más alta posible.

Ángel recibió todos los cuidados que la ciencia pudo prodigarle y por ello le estamos muy agradecidos al Dr. Luis Duarte Peraza, quien –como buen profesional- nos dijo el día fatal: “Ya no se puede hacer más por él, está sufriendo el viejo”.

Entonces, decidimos que ya no tenía por qué padecer más y le pedimos a su médico que procediera. El dolor es grande, pero lo mejor era dejarlo ir. Fue un gran amigo, el mejor, como dice la trillada frase. Y de su paso por nuestras vidas nos quedan muchas lecciones.

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