Leer en los tiempos de crisis

Un García Márquez anterior al Nobel enfrentaba algunas críticas aisladas que no mermaban el entusiasmo. Al fin y al cabo, lo que ocurría en Macondo había ocurrido en nuestras patrias chicas.

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En 1973, en pleno “boom” de la literatura latinoamericana, Cien años de soledad batía récords de lectura y los jóvenes de entonces podíamos agregar a nuestro establo de vacas sagradas literarias los nombres de las nuevas estrellas del realismo mágico.

Un García Márquez anterior al Nobel enfrentaba algunas críticas aisladas que no mermaban el entusiasmo. Al fin y al cabo, lo que ocurría en Macondo había ocurrido en nuestras patrias chicas, en los relatos de los mayores y en algunas vivencias directas que no sabíamos que eran folklóricas. 

Pasados los años, la laureada novela de García Márquez fue rebasada por otra de sus creaturas: El amor en tiempos del cólera, publicada después de años de silencio editorial del autor, que se había puesto en huelga para protestar por la dictadura chilena. El juramento de no publicar hasta que Pinochet cayera fue roto, lo que nos llevó a algunos a no leer, de momento, la novela, como protesta inútil por considerar su publicación un acto “chaquetero”. 

En 2007, en una encuesta hecha por la revista colombiana Semana entre 81 especialistas, incluidos miembros de la Real Academia, El amor en los tiempos del cólera fue seleccionada en el primer lugar de las Cien novelas en español más importante de los anteriores 25 años. Pero en 2009, Newsweek publicó una lista de los 100 mejores libros con el memorable título de Ranking para leer clásicos y obras fundamentales en tiempos de crisis -es decir, todo el tiempo-, en el que Cien años de Soledad aparece en el honrosísimo lugar 17.

En ese lejano 1973, la crítica más directa –casi una descalificación- la leímos de Pier Paolo Pasolini, que punteaba en las listas de directores de cine de arte y era censurado en todo el mundo por su filmografía sicalíptica: “Parece ser un lugar común considerar Cien años de soledad… (libro recientemente editado) como una obra maestra… me parece absolutamente ridículo.

Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen).

Los personajes son todos mecanismos inventados -a veces con espléndida maestría- por un guionista: tienen todos los tics demagógicos destinados al éxito espectacular”. Así que la novela era para el maestro un texto cinematográfico. Pero ¡qué paradoja! cuando no mucho tiempo después vi la ultra censurada película de Pasolini, Saló o los 120 días de Sodoma, además de sicalíptica me pareció al revés: ¡literatura filmada! En la escena en la que aparecen soldados nazis en cuatro patas, ladrando, con dogal y cadenas sujetadas por damiselas barrocamente desnudas, me dieron ganas de salirme y no precisamente por pudor.

Ahora releo, sin agravios, los Cien años de Soledad. Soy un guarro porque me sigue gustando muchísimo. Y, nota al calce, las empresas de cine gringas siguen existiendo y produciendo a la vez obras maestras y mierdas inenarrables.

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