26 de Septiembre de 2018

Opinión

La libertad de ser uno mismo

Fernando del Paso recibió el Premio Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco, dirigiéndose al mismo José Emilio, su amigo y compañero de letras.

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En la fecha inaugural de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán 2015, el escritor Fernando del Paso recibió el Premio Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco, dirigiéndose al mismo José Emilio, su amigo y compañero de letras. 

Del Paso, sin duda uno de los escritores imprescindibles de la literatura mexicana, le habla a su amigo poeta desde la visión común de una patria lacerada, la que duele, de aquel poema de José Emilio Pacheco, Alta traición: “No amo mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible./ Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos…” 

A manera de un manifiesto, desde una obra literaria hecha y la autoridad de una larga y fructífera vida, Fernando del Paso nos emplaza en la protesta esencial que cala hondo: “Nunca como hoy día me pregunto qué hicimos, José Emilio, de nuestra patria, a qué horas y cuándo se nos escapó de las manos esa dulce patria que tanto trabajo les costó a otros construir y sostener”.

Cuando leímos la novela histórica de Fernando del Paso, Noticias del imperio, todavía era traumático enterarse de los pormenores de la vida de los ilustres de México, satanizados o divinizados según el patrón universal de la educación pública. A pesar de la larga tradición de la novela histórica en México, habíamos crecido más silvestres, bajo la norma de la historia oficial, simbolizada en la portada de los libros de texto en los que una icónica y robusta madre patria enarbolaba la bandera nacional. La literatura nos ponía en la perspectiva una realidad más verdadera y, con todo, cercana a los ideales patrios. 

En este momento culminante, el poeta vuelve a optar por la persona humana. Como cuando hace años, ante la matanza de Chenalhó, hace una dolorosa pausa mientras escribía sobre Octavio Paz: ”Estos resurgimientos de barbarie inconcebible suelen distraernos de otros propósitos y nos tientan a hacer a un lado, o al menos posponer, tareas cuya importancia palidece ante el horror de la estulticia y la crueldad infinitas. Parecería que a nuestra pluma la reclamaran entonces causas más urgentes, más apremiantes, más exigentes que, por ejemplo, las que piden el elogio de un poeta… lo que está en juego es la libertad. Lo que se debate, y a muerte, es la simple libertad de existir, la libertad de tener acceso a una alimentación sana, una vivienda decorosa, una educación apropiada. La libertad de tener acceso a un empleo bien remunerado. Y por supuesto la libertad de expresión, la libertad de elegir un destino, la libertad de ser uno mismo y, con ella, la libertad de ser distinto”. 

Hoy, nuevamente, el poeta se antepone al elogio literario con una realidad más apremiante: “...hoy también me duele hasta el alma que nuestra patria chica, nuestra patria suave, parece desmoronarse y volver a ser la patria mitotera, la patria revoltosa y salvaje de los libros de historia”. 

Acaso un poco de prudencia no haga daño antes de lanzarse a los flamígeros desencuentros. Un poco, nada más.

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