22 de Septiembre de 2018

Opinión

Lo que se va y lo que viene…

El mero hecho de que podamos tener un año más de lo anterior, creo, es motivo suficiente para despedir lo que se va con redobles y fanfarrias...

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Nunca entenderé el porqué de tanto lamento por el año que se va. El ciclo es interminable, pero a veces tendemos a olvidar que esta espiral cronológica no es motivo de arrepentimientos, sino de celebraciones. Cada año la gente vive, la gente muere, y no cabe duda que cada uno recuerda años en especial dependiendo de cómo le haya ido en la feria. En ese sentido, tanto en este como en años anteriores, los días nos han traído memorables lecturas, experiencias estéticas, notables retornos y maravillosos descubrimientos.

“Verba volant, scripta manent”, dice el latinajo, para recordarnos que las palabras vuelan y sólo lo escrito permanece. Por ello, todas las semanas lanzo esta columna, como si de una botella se tratara, al inmenso mar de los posibles -y tal vez inexistentes- lectores. A veces los promotores culturales y literarios olvidan que no existen fórmulas secretas para incentivar el gusto por el arte. Falto de ideas, confieso que lo mejor que se me ha ocurrido ha sido compartir lo que más amo a través de la palabra.

Libros, películas, obras de teatro, música y conciertos a través de reseñas, críticas, crónicas y reflexiones; todos vehículos para transmitir lo que a uno le apasiona, el motor existencial que para algunos -los menos- constituye una de las pocas razones por las cuales el mundo continúa siendo un lugar en el cual vale la pena seguir viviendo. No porque la cultura y el arte sean mecanismos de evasión, sino porque nos muestran que todo cambia para seguir igual, y que todo lo que sigue igual en realidad no ha dejado de cambiar. 

El arte es la única manera en la que, sin importar si estamos o no al tanto de las tragedias universales, por unos breves instantes podemos sumergirnos en la otredad de ser el de lado, el de enfrente, el de atrás, tan sólo para darnos cuenta de que no estamos solos. Bien dicen que nadie aprende en zapato ajeno, excepto cuando los pensamientos de nuestros semejantes nos muestran que lo bello y lo siniestro, a través de una obra, puede tomar la estulticia del planeta para resignificarla en creación, en experiencia, en aliento común.

El mero hecho de que podamos tener un año más de lo anterior, creo, es motivo suficiente para despedir lo que se va con redobles y fanfarrias, recibiendo todo lo que viene con gorja y arrebato, pues no hay mejor motivo para continuar que la sorpresa que nos aguarda detrás de lo que está por descubrirse…

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