21 de Septiembre de 2018

Opinión

Lorca y Paco Marín

Se necesita suerte porque la de Lorca es una obra muy amplia y enormemente arriesgada...

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Paco Marín ha sido bendecido tanto por el fervor como por la suerte tan necesaria en el escenario: con los dioses lares de su parte, ha podido recorrer prácticamente todos los registros de la obra lorquiana. 

Se necesita suerte porque la de Lorca es una obra muy amplia y enormemente arriesgada. Se necesita fervor porque se trata de participar en una especie de religiosidad estética que exige mucho. Y, además, cosa fundamental en el teatro que es un arte colectivo, también se necesitan fervor y suerte para contar con un grupo estable, construido a puro músculo.

Randia Escalante, Miguel Angel Canto, Ligia Aguilar, Laura Zubieta, Alfonso García Medina, Andrea Urbán y la tan brillante como jubilosa incorporación de Zaabdi Hernández y Pablo Mercader Duch, con música de Erick Baqueiro, escenografía de Alain Silva e iluminación de Christian Rivero, conforman el colectivo dirigido por Paco Marín ahora en “Doña Rosita, la soltera”. 

Desde la reconstrucción escénica de los sonidos negros de su poesía lírica hasta ese doloroso meterse las manos en lo más profundo de su ser para extraer el teatro bajo la arena en su poesía dramática, de una u otra forma, a todo Federico García Lorca lo ha hecho suyo Paco Marín. Pero, al propio tiempo, ha permitido que el poeta, quien cumple este año 80 años de asesinado en una cuneta del campo de Viznar, cercano a su Granada (“el crimen fue en Granada / en su Granada”, gemía Machado), lo vaya transformando en su estética y en su ética vitales hasta hacer de él un valor cultural de la ciudad de Mérida. Por ello, nada más justo que representar en el Teatro Peón Contreras y dentro del FICMaya.

Desgraciadamente, la conformación de los festivales impide que se pueda usar un espacio periodístico quincenal, como éste, con la oportunidad deseada. Sin embargo, la puesta en escena tendrá seguramente una temporada próxima (sería muy injusto que no la tuviera) y vaya para acompañarla esta columna.

“Doña Rosita, la soltera” no es un divertimento y Lorca lo comprendía bien. Es una obra especialmente difícil sobre “la mojigatería española” que va del escarnio a la compasión, de la cursilería a la crueldad. También lo entiende Paco Marín y no teme cruzar, con su mano afirmada en la de Federico, por el hilo delgado que lleva la escena desde lo grotesco a la mayor belleza.

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