Los muertos de...México

Lo que presumo y conjeturo es que los fervorosos seguidores de Obrador, le colgaron al candidato ganador sus propios espejismos.

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Con descarnada alevosía, y una mala leche que te infartabas, los detractores del anterior presidente de la República soltaban la sentencia “los muertos de Calderón” cada vez que requerían de un argumento para desacreditarlo al hombre. Ah, y la razón de que se hubiera puesto a matar mexicanos, así nada más, la tenían también muy clara: necesitaba legitimarse.

Y es que, miren ustedes, le había calado tan hondo la acusación de “espurio” que le endilgó su competidor directo, que no pudo menos que tratar de validarse a como diera lugar, por cualquier medio y costa de lo que fuera. Decidió así lanzar una suerte de “guerra” contra las organizaciones criminales de este país sin prever siquiera que le sería endosado el parte de bajas y sin imaginar tampoco que les ponía en bandeja de plata a sus adversarios la madre de todas las inculpaciones. De habérselo pensado, a lo mejor hubiera promovido el turismo, la pesca, el cultivo intensivo de hortalizas o algo así. Pero no: nuestro personaje era testarudo, dicen, y requería de encabezar una gran cruzada nacional para redimirse.

Pues bien, esto yo no me lo creo. Por el contrario, lo que presumo y conjeturo es que los fervorosos seguidores de Obrador, azuzados por un individuo perfectamente capaz de potenciar el victimismo de cierta gente, de exacerbar los sentimientos colectivos de injusticia y de lanzar denuncias infundadas sin el menor recato, le colgaron al candidato ganador sus propios espejismos y le atribuyeron los designios que ellos mismos habían supuesto previamente.

Tal es, por cierto, el recurrente mecanismo mental de su caudillo: López Obrador es increíblemente transparente en sus denuncias: en cada una de ellas puedes advertir una carencia propia, un esquema suyo y una suerte de proyección, hacia fuera, de su muy particular interioridad. Para mayores señas, llevaba el señor seis años haciendo campaña a su aire —y sin que nadie se atreviera a marcarle el alto— pero resultó, al final, que los ventajistas y los inequitativos fueron los otros. Pero, además, cada uno de sus anatemas y cada una de sus condenaciones tenían una aplicación automática y, por si fuera poco, eran incuestionables. Lo repito, en cuanto desembuchó la imputación de “ilegítimo”, hasta el mismísimo Calderón se la creyó. Tanto, que se lanzó alocadamente a combatir a los delincuentes.

Resulta, sin embargo, que Calderón ya se fue. Extrañamente, sus muertos siguen muriendo, todos los días. Pero, no circula todavía la frase “los muertos de Peña Nieto” porque el actual presidente de México ha exhibido una admirable capacidad para diversificar los temas de su programa de gobierno y una gran habilidad para hacer política. En su agenda figura la inseguridad, es cierto, pero los reflectores se dirigen, antes que nada, al asunto de las reformas y los pactos. Y, ante la realidad de que los cadáveres siguen acumulándose, nos ha fijado un plazo: un año. Al tiempo, como dice un colega… 

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