26 de Septiembre de 2018

Opinión

Los partidos, partidos

Cuando las cosas salen bien, la inercia vertical se impone, nada hay que perturbe a quienes mandan y dirigen.

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Si algo queda claro en la secuela de la elección presidencial es que ganar el poder cohesiona y unifica; la pérdida fragmenta y confronta. Esto es válido para el PRI y para el PAN. La izquierda, por consideraciones diferentes, no se escapa de estos problemas; AMLO por su cuenta y el PRD por la suya y no solo eso. Ebrard se encuentra en dificultades y complica a quien por sí mismo se hace la vida difícil, Miguel Ángel Mancera, y pretende apañarse la dirección nacional del partido y desviarlo de ruta en el mejor momento político que haya conocido el PRD.

La unidad del PRI es la de siempre, la de origen, un partido que nació del gobierno nacional para gobernar al país; cuando las cosas salen bien, la inercia vertical se impone, nada hay que perturbe a quienes mandan y dirigen desde el centro, pero más allá de la epidermis están las dinámicas hasta hoy contenidas. La más poderosa es la que viene de los estados y municipios. En Baja California se resolvió con éxito la definición de la candidatura a gobernador; explicable, en Castro Trenti convergieron el partido local con la inercia nacional; el amago de Jorge Hank a poco llegó. Lo que suceda el día de la elección servirá para definir en lo local quién es quién para la segunda mitad del gobierno de Peña Nieto. La tarea de la dirección nacional será apoyar a candidatos en los cuatro estados donde es oposición, con la dificultad de que tres de ellos tienen gobierno aliancista opositor: Sinaloa, Puebla y Oaxaca. Lo que allí suceda no va a cuenta de Peña Nieto, sino de quienes dirigen al PRI. En Baja California todo es a cargo de Fernando Castro, el candidato.

El PAN vive su propio infierno. Lo mismo ocurrió al PRI después de la alternancia, pero el oficio de éste y la amplia estructura territorial, manifiesta en legisladores, alcaldes y gobernadores, le dio no solo para sobrevivir sin cambiar, sino para recuperar el poder después del desastre de Roberto Madrazo en 2006. El PAN padece el desprestigio que explica la derrota. En el PRI los perdedores se volvieron acusadores del Presidente sobre la causa de su propia derrota; en el PAN el presidente Calderón, responsable del desastre y del extravío ético del partido, no solo se reproduce en la fracción del PAN en el Senado, sino que trae a trapazos a quien no dejó ser dirigente y se engolosina con la versión de que la pésima campaña de la candidata Vázquez Mota fue la causa de la derrota.

El PRI demuestra que se puede andar el futuro sin expiar culpas y sin cambios renovadores. Pero para el PAN la situación es considerablemente más complicada. Su fuerza deviene de un sentido ético de la política y del ejercicio del poder, no han sido los cargos gubernamentales, las alianzas o los arreglos clientelares o corporativos. Doce años minaron lo más valioso del PAN, su capacidad política con base a un convincente sentido de lucha cívica. Por esta razón es cuestión de supervivencia recuperar el proyecto político originario; no podrá suceder mientras no haya reconocimiento de la traición al legado de Gómez Morín por quienes detentaron el poder nacional. De continuar así, el PAN estará condenado al asiento trasero en la disputa democrática por el poder. En diciembre, con la definición de nuevo dirigente, se sabrá hacia dónde resolvieron caminar.

El PRD no es el conductor, pero en estos meses ha estado próximo a ello. Zambrano y los suyos han mostrado destreza política sin paralelo. La salida de López Obrador lo facilitó, aunque dejó allí a sus huestes bejaranistas. Su invento fue el Pacto por México, sin duda un referente político de la mayor trascendencia como puede apreciarse en estos meses y que está transformando al país. Mancera requiere de mayor respaldo y es en interés del partido que las embestidas de Ebrard y de López Obrador por una disputa anticipada a cinco años de distancia, no compliquen a quien gobierna el DF. Queda claro que el jefe de Gobierno no tiene la formación y solidez política de sus antecesores de la izquierda, pero es un activo que la izquierda deberá salvaguardar. El método Ebrard, desde Colosio, es la desgracia de quien le lleva ventaja.

El Pacto por México ha sido el espacio de encuentro entre las principales fuerzas políticas y el presidente Peña Nieto. El saldo es positivo en muchos planos, pero la lucha política continúa y es natural que los partidos avizoren el horizonte electoral una vez que concluya el ciclo de los acuerdos porque los partidos viven de votos. Las elecciones de julio próximo no serán críticas para lo que depara la política en lo que queda del año, es julio de 2015. En ese entonces habrá de decantarse al interior de los partidos, entre éstos y el gobierno nacional los términos en los que habrá de dirimirse la nueva contienda por la Presidencia.

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