19 de Noviembre de 2018

Opinión

Los peligrosos ultras

El español registra crecimientos espectaculares en las redes (800% en diez años), en hablantes.

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Hay dos clases de ultras que le hacen daño a lo que tocan: los ultraconservadores, porque todo lo acedan y lo pudren; y los ultraliberales, porque todo lo desintegran. Y eso sucede en todos los órdenes de la vida. De estas actitudes dañinas y corrosivas no puede estar exento el español, lengua hablada por más de 500 millones de personas en el mundo y cuyo día se celebró el sábado 22.

Como dice el director del Isstey en relación con las finanzas del instituto, este es “mi tema”, el que conozco un poco más y que me ocupa más que todos. Por ello me alteran los nervios los ultras de uno y otro signo: los primeros, porque toman como dogma de fe los dictados de la Real Academia Española (y sus vasallas que en el mundo son, otras 21 que le rinden pleitesía) y no salen de la estrecha definición que en su diccionario incluye (tampoco se percatan de que la RAE con frecuencia abre sus puertas para que entren barbaridades y relaja sus normas hasta dejarlas zocatas y gelatinosas) y menos admiten que  regionalismos y modismos son tan válidos como la más castiza de las palabras bautizadas por los doctos académicos.

Los segundos, porque con desidia y supina ignorancia menosprecian la historia y la genética que los siglos han forjado para hacer del español el idioma más bello  y en cuyo seno se han creado muchas de las obras más enjundiosas y bien construidas del saber humano (sobre todo en la literatura) y responden sandeces como: “Se entiende, ¿no?”, cuando les dices que han atacado con saña a la palabra.

Hoy que el español registra crecimientos espectaculares en las redes (800% en diez años), en hablantes (en 2030 el 7.5% del mundo hablará español, más que el ruso, el francés y el alemán, que juntos llegarán al 4.8%) y como activo económico (México, EU y Canadá tienen el 78% del poder de compra de los hispanohablantes), quienes nos expresamos en esta lengua magnífica (desde los periodistas) debemos hacer hasta lo imposible porque no se pudra, pero tampoco se desintegre. Tarea nada fácil, pero obligada.

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