14 de Noviembre de 2018

Opinión

Ludopatía, una palabra perversa

Decirles ludópatas a los adictos a los juegos de azar encierra una perversidad y permite justificantes.

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Ludopatía es una palabra, a más de desafortunada por su definición etimológica, perversa y dañina, no por sí misma (ninguna palabra lo es) sino por lo que significa. 

De entrada, su composición etimológica (ludos, del latín clásico, derivado de ludere, jugar, divertirse,  y patos, del griego, cuyo significado es padecimiento o enfermedad) no se aviene con la costumbre, casi norma, de no mezclar ambos idiomas para crear palabras -hidrocálido (hydros, agua en griego, y calidus, latín, caliente), es otro sustantivo en esa misma tesitura-, y tampoco responde a la significación original del verbo latino ludere, que es jugar, divertirse, pasar el tiempo, ejercitarse en algo por diversión, cantar, recitar y, sólo finalmente, engañar, abusar de algo.

Los que estudian este vicio –muchos psicólogos y psiquiatras le llaman enfermedad– dicen que es una “adicción incontrolada a los juegos de azar” y al que la padece le llaman ludópata, pero para mí que mejor, si acaso, deberían llamarle ludomanía y al que la sufre ludomaníaco, porque es más eso, un vicio, que una enfermedad, aunque puede producir muchas, como estrés y males cardiacos e inclusive la muerte. 

Yo, de entrada, no le llamaría ludopatía, porque el ludo de su primera parte no tiene mucho que ver, como ya señalamos, con esa viciosa costumbre de las apuestas, sino más bien con el juego por diversión (parchís, lotería, damas chinas, damas, dominó, tablero, ajedrez), y con el ejercicio físico. 

Poco hay de patológico y mucho de juegos de niños en su significado (de hecho la ludoteca es la colección de juegos destinados a los pequeños y el salón donde se hallan). Es más, ni siquiera les llamaría juegos a los de apuestas.

Decirles ludópatas a los adictos a los juegos de azar encierra una perversidad y permite justificantes: Pobre, está enfermo, no es responsable de sus actos, por ejemplo, porque el que llaman así –en la definición clásica del padecimiento– en cierto modo, según los especialistas, no puede ejercer su libre albedrío ni es responsable cien por ciento de lo que hace y a veces lo que hace es muy grave. 

Ludomaníacos ha habido que perdieron casa, familia, fortuna, vergüenza y estimación social por ese irrefrenable vicio. 

La Organización Mundial de la Salud clasifica la ludopatía como una enfermedad desde 1992 y la define como una “adicción patológica a los juegos de azar y las apuestas”, definición con la que, desde luego, no estoy de acuerdo, como tampoco con la que se da al alcoholismo y al alcohólico, y que me perdonen mis amigos AA, porque, aunque llega un momento en que ambos vicios se roban la libertad del ser humano, en su origen hay una elección libre, aunque no siempre suficientemente bien informada y calibrada. Al decirles enfermos, borramos de un plumazo el ingrediente de libertad que hay en sus actos. 

Pero, ¿a qué viene todo esto? Pues a que de unos años a la fecha, en Mérida han proliferado los casinos, salas de apuestas y bingo y otros establecimientos de parecida laya (hasta hace poco, lo más que teníamos en Yucatán era la redina y la lotería de las ferias y quizá algún negocio clandestino en el que se hacían grandes apuestas a las cartas). 

Hoy por todos lados se ven salas de apuestas y casinos y hasta esas maquinitas malévolas con que los niños se inician en ese vicio y que han llegado hasta los más recónditos rincones de la geografía estatal. 

Gracias a esos negocios que atraen a incautos con promociones tan difícilmente soslayables como la presencia de reconocidos artistas y la abundancia de comida y libaciones gratis, se han destruido muchas familias y se han arruinado muchos negocios. 

Yo creo que el beneficio, si alguno hubiera, de esos establecimientos no compensa ni siquiera mínimamente el daño que causan a la sociedad, pero allá cada quien con su patos, aunque las autoridades deberían valorar la corrosión social y económica que se padece por la ludomanía y pensarlo dos veces antes de permitir que sigan apareciendo negocios de juegos como hongos después de la lluvia.

Por cierto, patos está también en la raíz de paciencia y compasión.

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