24 de Septiembre de 2018

Opinión

Luis Gómez

Enseñándonos a respetar su oficio Luis Gómez nos enseñó a respetar y reconocer a otros y su trabajo.

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Actor, director, maestro y, sobre todo formador. La vida de Luis Gómez llegó a su fin anteayer miércoles. Lo conocí cuando enseñaba teatro en la Prepa 1, una tarde de 1979, al llegar a su clase. No lo sabía entonces, pero la influencia de aquel hombre ya nunca me dejaría. En esos días, quienes formábamos aquel pelotón de adolescentes en vísperas de la adultez fuimos guiados por Luis en caminos que parecían del teatro pero eran de la vida. Aprendimos a mirarnos hacia adentro, a sentirnos y, a veces, a entendernos.

En aquel siempre polvoso escenario del Teatro Efraín Calderón Lara, su primera gran lección fue el compromiso.

El suyo con el teatro era profundo, y no exigía nada menos de sus discípulos. Llegar a tiempo, aprender textos, hacer ejercicios, no eran pasos para una calificación sino actos de apoyo y trabajo colectivos, en los que confiar y ser confiables llegaron a ser la mayor de las satisfacciones. Enseñándonos a respetar su oficio nos enseñó a respetar y reconocer a otros y su trabajo.

Y vinieron otras lecciones, sobre muchas cosas: la naturaleza humana, las emociones, el carácter propio y ajeno, la política, la literatura. Aprendiendo a actuar, nuestro mundo y nuestras visiones de él se fueron haciendo anchos.

Después, la Prepa terminó y cada quien siguió su camino. La mayoría hicimos carreras de esas (antropología, sicología, literatura, enseñanza, biología) que sacan un suspiro de pesar a los padres. Algunos nunca más pisaron el escenario, otros siguieron actuando durante un tiempo y creo que sólo uno hizo del teatro su oficio. Yo me dediqué a las humanidades y, como entonces, a la política.

Nunca me sobró haber aprendido a hablar en público, a hacerme oír y entender, pero, sobre todo, a sentir lo que digo. Un día ya no estuve más ante al monstruo de las mil cabezas, pero sin duda las enseñanzas de Luis estaban ahí cuando me tocó enfrentar al de las 500.

Lo vi poco en los años que siguieron, y no supe bien cuándo dejó de dirigir o de actuar. Supe sí, que se hizo budista. Me atrevo a creer, sin embargo, que su verdadera religión fue siempre el teatro.

Hoy, muchos de aquellos viejos jóvenes, en medio de la tristeza, seguimos agradecidos de sus lecciones y del amor con que las profesó, que lo acompañó hasta su lecho de muerte. Lo extrañamos.

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