21 de Agosto de 2018

Opinión

Los machacados y los panuchos de don Daniel Cocom

La buena costumbre de hace años era acudir a consumir el refresco de fruta natural más que la gaseosa.

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Hace ya algunos años, en Muna, ese lugar que bien llaman “el tuch del mundo” y que el finado Elías Cobá, cuando se refería al poblado, decía: “el pequeño París”, porque desde lo más alto de la Sierrita se podía ver toda la comarca como si uno estuviera mirando la capital francesa desde lo alto de la torre Eiffel; allí, en la esquina suroeste del mercado municipal, estaba la refresquería de don Daniel Cocom, un señor grandote, de cara medio redonda,  siempre con sombrero blanco y que se distinguía por tener buen carácter y una constante sonrisa que dejaba al descubierto su dentadura de oro.  

Tanto en las mañanas como en las noches, en el pueblo era costumbre acudir al puestecito a disfrutar de un machacado de plátano que pudiera estar combinado con leche, con agua o con horchata. A falta de licuadora, con un picahielos o punzón se trituraba el hielo en pedacitos  para complementar la bebida. 
 

Además del refresco de plátano, de la misma manera se preparaban otros con frutas como el mamey, la guanábana, sandía, papaya, melón, pitahaya y marañón, según la época. 

Aquellos sabrosos refrescos de fruta se podían acompañar con unos panuchos solamente con tomate frito y con encurtido de cebolla, que le llamaban panuchos simples, o con los otros que, además del tomate y la cebolla, incluían carne de pollo. 

Los panuchos que cocinaban la esposa de don Daniel y sus hijas tenían la cualidad de no estar empapados con la manteca con la que se freían; la apariencia que daban era de estar libres de grasa y el sabor  era otra cosa: esos panuchos estaban huérfanos.

Otra de las sabrosuras que vendían en la refresquería de don Daniel eran los polcanes: tenían forma ovalada, de tamaño un poco más grande que un huevo, hechos con masa de maíz; adentro  de la bola de masa se ponía pepita molida, cebollina e ibes. Estas bolas se freían hasta alcanzar el punto de manera que la cubierta quedara dura y crujiente y el interior un poco más suave. Con el toque de sabor de la pepita y la cebollina no sólo se antojaba el refresco, sino también “amarrarlo” con un café caliente.

En ese entonces la buena costumbre era acudir a consumir el refresco de fruta  natural más que la gaseosa.

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