19 de Octubre de 2018

Opinión

Mancera, el Papa y Ebrard

Se ha hecho trascender la crítica de Marcelo Ebrard por la buena relación del jefe de Gobierno con el presidente Peña Nieto.

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Un error elemental del jefe de Gobierno del DF decir que la Santa Sede había pagado boleto y estancia para explicar su presencia en la misa de entronización del papa Francisco. La declaración obligó al portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, a precisar que el Vaticano no tiene dinero para pagar viajes de asistentes: “Quien quiere venir, se paga el boleto”. Como es natural en ese tipo de pifias, la oposición en la Asamblea Legislativa le ha cargado la mano. También se ha hecho trascender la crítica de Marcelo Ebrard por la buena relación del jefe de Gobierno con el presidente Peña Nieto. 

La mesura y las buenas formas de Miguel Ángel Mancera suelen ser motivo de agravio para Ebrard, a quien preocupa la constructiva relación del jefe de Gobierno con el Presidente, situación inédita desde que se democratizó al DF. A Ebrard no le viene bien hacer tal crítica; al ser rehén de López Obrador, la llevó mal con Calderón, aunque después, ya al final, todo se volvió armonía.

Para Ebrard es indispensable ganar la dirección nacional del PRD; su apresurada crítica a la dirigencia y al Pacto por México lo ha alejado de tal objetivo y lo ha mostrado oportunista. El PRD y Jesús Zambrano están en su mejor momento. 

Miguel Ángel Mancera ha sido un buen jefe de Gobierno. La sensatez en su quehacer es encomiable; también ha manejado con cuidado su relación con el PRD, López Obrador y el mismo Ebrard. El tiempo corre a su favor y a diferencia de sus adversarios internos no tiene necesidad de suscribir la confrontación como recurso de sobrevivencia política. 

Gobernar la Ciudad de México no es sencillo, Mancera hereda el clientelismo perredista, la corrupción en delegaciones, obras inconclusas o defectuosas y la insatisfacción de no pocos por la inseguridad y la deficiente calidad de los servicios. El bienestar no está en el esplendor del corredor Reforma o las grandes vialidades, sino en lo que día a día encaran los habitantes de la capital. Lo menos que queda esperar de Ebrard es un poco de respeto y espacio para quien le sucedió. 

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