21 de Enero de 2018

Opinión

Manchester junto al mar, una hermosa tragedia

'Manchester by the sea' probablemente sea la película más conmovedora de 2016. Dirigida por Kenneth Lonergan, cuenta con las actuaciones de Cassey Affleck, Michelle Williams, Kyle Chandler y Lucas Hedges.

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“Manchester by the sea” probablemente sea la película más conmovedora de 2016. Dirigida por Kenneth Lonergan, cuenta con las actuaciones de Cassey Affleck, Michelle Williams, Kyle Chandler y Lucas Hedges. La trama gira en torno a Lee, un silencioso conserje que vive en Boston, hasta que se ve obligado a regresar a su pueblo natal debido a que recibe la noticia de una muerte en la familia.

Este traslado entre ciudades cercanas es más que un cambio de geografía: es la confrontación con los demonios de su pasado. Este retorno a Itaca, a la patria sentimental, nos va revelando que detrás de su aparente hermetismo emocional y su malhumor se esconde un hombre profundamente lastimado por una tragedia familiar de tintes griegos, pues, al igual que Medea, porta en el semblante una herida abierta que no le permite conciliarse consigo mismo.

La fotografía despliega una paleta de colores fríos, que sirven como fondo para contar una historia que nos dejará igual de gélidos, donde el paisaje es hermoso en su patetismo invernal. El relato está lleno de dramatismo, pero inteligentemente omite los aspavientos y los giros argumentales efectistas. Aquí, el director va urdiendo el presente de su personaje que, al volver sobre sus pasos, va recordando las piezas de su propia debacle. A ello contribuye un ensamble actoral inmejorable, ya que tanto protagonistas como reparto presentan discretas pero esenciales intervenciones.

La actuación de Affleck es poderosa pero contenida. En su rostro crispado nos muestra todo sin decirnos nada. No se lamenta ni se regodea en su autocomplacencia. El dolor es un flagelo punzante que experimenta cada día, mas lo asume con resignación, incluso cuando tiene que hacerse cargo de su sobrino, ahora huérfano ante el abandono maternal. Sin un montaje épico, a través de flashbacks y una banda sonora apuntalada en piezas del repertorio clásico, Lonergan toca las fibras sensibles del espectador como si fuesen un arpa cinematográfica.

Detrás de este tour de force existencial no hay grandes lecciones, tampoco conclusiones. Casi como el personaje, los espectadores tenemos que sobreponernos a la avalancha de sentimientos y reflexiones que este filme provoca. Como si el director y guionista en esta su tercera producción nos dijera que, después de sollozar, debemos estar tranquilos porque, después de todo, vivir es abrir los ojos tratando de sobrellevar nuestra miseria personal. Al final sólo queda respirar, pues cada nuevo día es otra oportunidad de mirar hacia el mar…

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