19 de Septiembre de 2018

Opinión

Manifestaciones en México… ¡¿Todavía más?!

Se protesta ya por protestar, sin ton ni son, y, sobre todo, sin que las manifestaciones tengan un carácter verdaderamente ciudadano.

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La calle es prácticamente el único espacio donde se puede escenificar la protesta social. A la calle han salido los indignados de España y los manifestantes de Estambul; en la calle están, ahora mismo, los inconformes de Brasil; en la calle, a garrotazos, las policías de Estocolmo y de Seattle han dispersado violentamente a las multitudes; la calle es el último recurso; la calle es uno de los retratos finales de la desesperación ciudadana.

La calle, sin embargo, puede también perder su innegable valor simbólico y transformarse en un mero escenario del engaño: los tiranos han utilizado siempre las plazas de las ciudades para organizar actos colectivos de adoración —muy intimidatorios para los demás, encima, en tanto que buscan trasmitir la latente brutalidad de la mayoría absoluta— en los que participan miles y miles de fieles cuya obediencia ha sido previamente asegurada. Y la calle, en un país como México —o, mejor dicho, en una gran urbe como la capital de todos los mexicanos— se puede volver un espacio totalmente devaluado cuando lo ocupan, un día sí y el otro también, toda clase de grupos, con los pretextos más peregrinos, no sólo para hacerse visibles ante las autoridades sino, de paso, para fastidiar al resto de los ciudadanos.

De la misma manera como ciertas palabras tremendas —genocidio, represión, autoritarismo, barbarie, etcétera— han perdido casi su significado al ser manoseadas sin consideración por personas que desprecian deliberadamente su importancia, la calle ha dejado también de ser el gran escenario del descontento colectivo y se ha vuelto un mero pasadizo donde se tramitan las exigencias más espurias, las prebendas de los grupos corporativos, los intereses directos de los partidos políticos y ya prácticamente cualquier asunto sin que por ello se pretenda, a estas alturas, obtener una mínima satisfacción. Es decir, se protesta ya por protestar, sin ton ni son, y, sobre todo, sin que las manifestaciones tengan un carácter verdaderamente ciudadano.

Y así, ¿quieren todavía más protestas? Madre mía… 

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