23 de Octubre de 2018

Opinión

Vieja credencial

¿Se acuerdan de ese engendro cuyos consejeros cargaban a su cuenta desde lentes Ray Ban hasta chicharreadas de elevado precio?

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Uno ya no sabe a qué atenerse con el viejo cascarrabias y más mañoso que un toro placeado. Sale con cada cosa que a veces me dan ganas de retirarle mi amistad, pero me acuerdo que le debo mucho –sobre todo por lo bien que se portó conmigo en momentos difíciles que nunca les voy a contar porque aquí se trata de hablar de él no de mí-, entonces me armo de paciencia y digo: Ni modos, hay que seguir, a ver hasta cuándo. 

Ojalá no se postre porque en menudo lío me va a meter, sobre todo por su humor agrio (recrudecido en estas épocas en las que, tienen razón los psiquiatras, quizá por el frío, se entra en depresión con suma facilidad). No va a querer que nadie, si no soy yo, le tienda la mano. En fin…

A lo que venimos: lo fui a buscar cerca del Aeropuerto, porque, según me explicó por su celular (que ya no suelta ni para ir al baño, después de que no quería ni verlo), salió caminando de su casa detrás de la Emiliano para ir al Iepac (sustituto del Ipepac, ¿se acuerdan de ese engendro cuyos consejeros cargaban a su cuenta desde francachelas en prostíbulos de postín, lentes Ray Ban que antes sólo veían en los anuncios, hasta condones, calzones y chicharreadas de elevado precio?) porque quería cambiar su credencial de elector, pues en 2015, ya lo pensó bien, sí va a votar tras decenios de no hacerlo por haberse peleado (en su cabeza nomás, porque nunca a nadie se lo hizo saber, con los políticos -“todos son iguales y algunos son más iguales que otros”, solía decir en un enredado juego de palabras- y ha sentido renacer su espíritu cívico y por él no va a quedar que llegue a un cargo alguien que no le parezca.

Estaba sentado, bajo uno de los pocos árboles que aún quedan en esa vía, en el camellón central  de la Av. Itzaes (o Internacional o como quieran decirle gracias a que a nuestras autoridades municipales les vale madres la nomenclatura de la ciudad). Tenía una cara de angustia que daba pena. Parecía que se la había atorado una flatulencia. Ya no aguanto, me dijo. 
Esta bendita rodilla izquierda (la de la artritis, ¿recuerdan?) me está matando. No debí caminar tanto. Siento, como diría nuestro amigo Raúl muy gráficamente, que me la están atravesando alfileres. 

¿Y qué carambas haces aquí, viejo?, la recriminé. Sabes que ya no debes caminar mucho. Me mostró entonces su credencial de elector, ajada y borrosa. Ya ni el año se veía y apenas se alcanzaban a advinar el nombre y la firma de don Jesús Reyes Heroles, aquel intelectual de polendas  que fue uno de los íconos del anciano régimen, cuando fue secretario de Gobernación con López Portilloen la década de los 70, y entonces, por su cargo, presidente de la Comisión Electoral. Vine a cambiarla, me indicó con un candor que me dieron ganas de abrazarlo, pero me contuve porque sé que es huraño a las caricias y más si le parece que son un gesto de conmiseración: No necesito que sientas lástima, suele decir.

Yo pensé que era como antes, me dijo, pero ya me explicaron en el Iepac que no, que hay fechas para sacar credenciales y hacer los cambios que uno quiera. Gente muy amable y profesional, por cierto, se ve que les pagan bien. Hasta su presidenta, don María de Lourdes, se acercó a saludarme y me preguntó si me pasaba  algo (creo que vio su cara de adolorido). Otra vez no voy a votar y ahora sí quería hacerlo, hay una buena baraja de posibles en calidad de suspirantes.

Así es, viejo querido, le dije. Las cosas han cambiado, pero no estoy seguro de que sea para bien. Nuestra democracia es muy cara. Vámonos, ahora que lleguemos te doy tu diclofenaco y reposas un rato en tu hamaca de cuatro cajas. Y ya deja de hacer burradas. 

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