17 de Octubre de 2018

Opinión

Martin Eden

Es el personaje autobiográfico por medio del cual Jack London relata sus comienzos como escritor entre notas vitales y letras sentidas...

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Vivimos rodeados de historias que nos tocan, de relaciones humanas de las cuales surgen lugares en común, atracciones inevitables, memorias sempiternas o desenlaces naturales. Situaciones universales acechan las subjetividades de todas las personas a través del hecho de que podemos sentir. Somos capaces de ser empáticos, o en su caso, seleccionar nuestra empatía. Tal es la danza de relacionarse.

Martin Eden (1909) es el título de la novela que nos ocupa, y de igual manera, es el personaje autobiográfico por medio del cual Jack London relata sus comienzos como escritor entre notas vitales y letras sentidas. Se trata de la vida de un personaje, del crecimiento interno, de la búsqueda de la plenitud y del saber. Vamos a referirnos a él.

Fue invitado a una cena en la cual se le agradecía el hecho de que hubiera defendido a uno de los miembros de la familia Morse en una riña. A partir de esa noche, tras sentirse encantado por una mujer y por la distancia cultural y de clase que los separaba, Martin Eden decide cultivarse intelectualmente, para en un futuro próximo sentirse parte de ese círculo y parte de ella. Su medio, naturalmente, sería la escritura.

El hambre se siente a la par de la desesperación y los rechazos editoriales, el cuerpo fatigado se mantiene firme en una obsesión por adquirir conocimiento. Las horas de sueño son estorbos, y los trabajos físicos resultan innecesarios porque la confianza en uno mismo es el móvil de la vida; incluso si esto significa perderlo todo, continuamente. 

¿La fama? Una vez alcanzada, se convierte en una invitación hacia el desencanto social, un vacío aparente tras conocer los colores reales de quienes lo creyeron menos, aun cuando en todo momento, el tiempo le traería grandeza, el trabajo ya estaba realizado.

El personaje se torna ajeno, quizás aprendió demasiado. Cuando un cuerpo sano se apaga, se refleja en la mente; ya no existe la calma y la necesidad de buscarla se torna imperiosa. Entonces hay que comenzar de nuevo, hacer el intento, llegar hasta mares conocidos, y soltar.

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