19 de Octubre de 2018

Opinión

Mérida sobre ruedas

Pareciera que el tiempo fue inventado para tener la sensación de que controlemos nuestras vidas.

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El mal urbanismo con el que crecen muchas ciudades es reflejo de lo mal que funcionan nuestras sociedades, en las que el bienestar fue puesto en marcha por avispados economistas, que han convencido a la mayoría que consumir sin límites es la gran panacea.

Todo se hace de prisa, todo es para ayer. Quedar a merced de este desbocado consumismo nos ha llevado a padecer una de las mayores crisis de la historia.

Pareciera que el tiempo fue inventado para tener la sensación de que controlamos nuestras vidas, pero este ritmo frenético con el que malvivimos se refleja cada vez más en la calidad de las ciudades que vamos creando, que se han convertido en espacios de consumo sin control. Consumimos todo: recursos, territorio y, sobre todo, un urbanismo vacío y alejado de la lógica.

En este proceso a la inversa han colaborado algunos arquitectos, mano ejecutora de procesos inmobiliarios. Es el capital el que ha decidido cómo y cuándo las ciudades deben crecer, el que ha servido para macizar ciudades depredadoras del territorio. Así, los ahorros de muchos ciudadanos acaban en una vivienda que nace en espacios alejados y sin servicios.

Este proceso expansivo ha motivado que nuestras ciudades se vayan muriendo por dentro, mientras que por fuera crecen como la espuma.  Pero no todo se ha hecho mal y tenemos algunos excelentes ejemplos de sensato, moderno y equitativo urbanismo, pero es preocupante la cantidad de nuevos espacios urbanos inconexos, que no hacen ciudad.

¿Por qué se ha dado este urbanismo sin pies ni cabeza? Porque nos hemos doblegado al automóvil. Tristemente, el peatón ha dejado de ser el principal protagonista del espacio público, siendo ahora los coches los reyes de la calle, en un proceso en el que hemos sido convencidos de que el auto resuelve todas nuestras necesidades.

Sin embargo, esta apuesta a favor del auto propio es lo que ha llevado al ciudadano a tener que sufrir ciudades lentas, atascadas e inseguras.

Con nuestro coche queremos ir siempre a la velocidad de la luz, con una prisa por llegar que se apodera de nosotros y parece no tener límites, ni atender razones, como el  costo ecológico y económico. Hay que tomar en serio a las personas y no a los automóviles.

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