23 de Septiembre de 2018

Opinión

Midiendo con diferentes 'varas'

La reforma educativa debe ser acompañada de un nuevo modelo pedagógico.

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A pocas semanas ya de concluir efectivamente el ciclo escolar, millones de niños y jóvenes estudiantes inician un proceso de evaluación que bien, en algunos casos, les dará una calificación aprobatoria para continuar con sus estudios, en otros, servirá para medir su desempeño y competencia en áreas como lectura, matemáticas y ciencias. 

En el fondo no importa el método elegido para el diagnóstico o las reformas hechas, pues los resultados serán siempre los mismos, y eso denota una profunda preocupación por el estancamiento de la calidad de la educación. 

El eterno reto de la autoridad educativa para salir de los últimos peldaños del ranking respecto a estándares globales plantea, al menos, dos interrogantes: ¿cómo medir la calidad de la educación en México? y ¿cómo ubicar nuestra realidad en el contexto mundial?

El “coco” de México es, sin duda, la globalmente reconocida prueba PISA -el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes- que realiza cada tres años la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), donde la mayoría de los países de la región está en un lugar bajo de la lista comparados respecto a Finlandia y Japón. 

Pero el examen PISA ha generado también bastante controversia por su metodología y diseño, despertando dudas –algo común en muchos exámenes estándar- sobre si mide de forma adecuada la calidad de la enseñanza. O por el hecho de que no captura de forma real la diversidad de contextos de unos sistemas de educación tan dispares.

Como alivio a nuestros males, existe otra prueba como el Tercer Estudio Regional Comparativo y Explicativo de la Unesco (Terce) que cubre una parte más extensa de la región.  La evaluación tiene también un margen más amplio que PISA, al estudiar a menores en diferentes fases de desarrollo -con edades de 8 y 11 años- y considerar el contexto de cada escuela. Lo que Terce halló en los últimos seis años fue una modesta mejora de resultados en México.

La solución no son las pruebas estandarizadas, la reforma educativa debe ser acompañada de un nuevo modelo pedagógico que se centre en fórmulas innovadoras, tecnologías y reformas estructurales en sus sistemas de educación. 

Urge primero emparejar el piso a todos los mexicanos para poder compararnos con los demás, ya que, cada año perdido, equivale a décadas de retraso global.

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