16 de Octubre de 2018

Opinión

Migración no reportada

El armario al principio sólo guardaba armas, pero después se volvió imprescindible para guardar todo tipo de cosas en las habitaciones.

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Soy un clóset. Estrictamente hablando, un armario empotrado. Mi origen se remonta a los romanos. 

Al principio contenía únicamente armas, pero pronto guardé todo tipo de cosas. Al tanto que la humanidad se fue concentrando me volví parte imprescindible de sus habitaciones. Con grata memoria recuerdo aquellos niños que jugando busca-busca, conteniendo el aliento, con los ojos bien abiertos -aunque sólo vieran negro- se animaban a resguardarse en mi oscuridad. Aquéllos eran buenos tiempos.

Luego las cosas cambiaron.  Me parece que los primeros excesos −vaticinio de cosas peores− empezaron con la construcción de enormes edificios habitacionales en las ciudades. 

Las visitas de atrevidos amantes a esposas ajenas −las más de las veces sin asegurarse una ruta segura de escape desde el séptimo piso– provocaron penosos momentos y experiencias terribles para nuestra comunidad. 

Imagine usted en mi interior un hombre desnudo, pringoso, escurriendo efluvios, espantosas pestilencias y con la respiración desbocada medio oculto por camisas, trajes  y corbatas del cornudo. 
Vaya escena. A partir de ese momento, sin desearlo, nos hicimos cómplices de una relación anormal con esa clase de personas. Pronto fuimos, junto con la parte inferior de la cama, el mejor amigo del “sancho” y motivo de burla en la imaginaria picaresca.

Todos hemos escuchado de migraciones: el Estrecho de Bering, mariposas monarca, ballenas azules, patos que arriban desde Canadá al abrigo de Yucatán.  

Lo que no ha quedado claro es por qué, ni cómo, ni cuándo, la avasallante migración de la preferencia sexual diversa optó por seleccionarnos como guarida. ¡Como si no tuviéramos ya mucha carga!  

Tome usted en cuenta que entre sanchos, diversos sexuales, monstruos, muertos y alguno que otro ladrón, la sociedad actual está temerosa de abrir nuestras puertas porque ya no sabe  qué o quién le va a saltar desde dentro.

En estos tiempos de menor asombro entre tanta entrada y salida del clóset, se antoja una total y feliz estampida de las pasiones humanas que independice los espacios, adopte nuevas posturas, opte por la responsabilidad y considere las consecuencias de los propios actos. 

De paso, con toda equidad, se establezca el respeto justo hacia nosotros, los closets. Justicia que sin duda hemos ganado a pulso.

¡Vaya biem!

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