21 de Septiembre de 2018

Opinión

Mirando desde la infancia

Indudablemente hay tantas y tan diversas infancias como seres humanos pueblan este mundo.

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La infancia se nos va perdiendo en la bruma de los recuerdos, las responsabilidades del adulto van devorando los recuerdos y sensaciones del niño, el trabajo, las responsabilidades para con la familia, la atención a los hijos… La acelerada vida nos deja poco o nada de espacio para rememorar al niño que fuimos, los juegos, los amigos, los pleitos, los paseos, los hermanos y la familia, todo ello se va haciendo cada vez más pequeño ante el ojo de nuestros recuerdos.

Indudablemente hay tantas y tan diversas infancias como seres humanos pueblan este mundo, somos irrepetibles y por supuesto nuestras respectivas vidas de niños también lo son, algunas sin duda serán más afortunadas que otras, habrá quienes guarden dentro de sí historias de vida infantil realmente afortunadas, con sus padres, hermanos, en una casa en la que imperaba el amor y la paz. Desafortunadamente no todos han pasado por esa dicha, habrá infancias marcadas por el infortunio, el dolor y el abandono, peor aún, no pocos niños de este planeta ven truncadas sus vidas sin siquiera haber dejado de ser niños.

Algunos afortunados como yo podemos recordar las travesuras con los hermanos, como las funciones de box en las que no nos pegábamos, pero sí les cobrábamos a nuestros vecinos por entrar a vernos pelear. Vivíamos con muchas carencias materiales, al menos eso me han dicho mis padres, porque yo no recuerdo prácticamente ninguna, pero recuerdo como si fuera ayer a mis hermanos entre los siete y ocho años deslizándose por un tubo para descender hasta el fondo de un pozo de unos ocho o nueve metros de profundidad que se encontraba en el patio de la casa. 

He de reconocer que yo nunca pude hacerlo, desde siempre le he tenido miedo a las alturas y veía con asombro cómo ellos bajaban sin temor alguno.

Aún puedo ver la expresión de preocupación de mi madre cuando mi hermano, con tan sólo siete años, había subido sin escalera alguna hasta la azotea y cómo para no asustarle y que se fuera a caer, le llamaba con dulzura para que le enseñara cómo se había subido hasta ahí; por supuesto las palabras dulces se terminaron en cuanto mi hermano posó los dos pies en el suelo junto a mi madre.

La tarde de un ardientísimo verano característico de Mérida, se interrumpió por mis gritos de dolor al asentar la mano descuidadamente y por completo sobre una pala de metal que llevaba horas casi derritiéndose en el sol inclemente de esos días; mi mano se convirtió en una sola ampolla gigantesca, ningún remedio parecía poder calmar mi dolor y los días siguientes fueron una tortura. Mientras escribo casi puedo sentir esas palpitaciones en mi mano izquierda.

Tardes de juegos de lotería interrumpidas alguna vez por un toro que huyendo de quién sabe dónde apareció por nuestra calle. Toda la chiquillería huía despavorida mientras el toro intentaba cargar contra nosotros, subiéndonos desesperadamente a una barda pude ver cómo las astas pasaban a unos escasos 20 centímetros de los pies de uno de mis hermanos.

Recuerdos de tardes doradas al sol, recolectando gusarapos en los charcos para que luego nuestros ojos infantiles se maravillaran ante la metamorfosis de una rana, toda clase de alimañas pasaron por nuestros días desde gigantescas tarántulas que generalmente quemábamos para evitar los vellos que según la leyenda al rozar nuestra piel nos producirían llagas, hasta aquella serpiente encontrada reptando en el árbol de navidad y que una horda de chiquillos exaltados se encargó de acabar con ella. 

Tardes de pan, leche y exquisitos postres hechos por la abuela, la dulce voz de mi madre pidiéndonos siempre compostura y la firme voz de la abuela siempre dispuesta a regresarnos al orden con severidad; los baños bajo la lluvia, los castillos y fortalezas de arena y lodo y los grandes huracanes que alguna vez convirtieron el patio de mi casa en inesperada y exótica piscina de la que todos disfrutábamos. De esas y miles de cosas más está hecha mi infancia y seguramente de cosas semejantes estará plena la de muchos de ustedes.

La vida me ha dado la oportunidad de revivir esta infancia a través de mis hijos y espero que aún tenga la suerte de revivirla por medio de mis nietos. La ingenuidad, la capacidad de asombro, la inacabable curiosidad, la bondad y la limpia conciencia infantil me miran desde mi infancia, sólo espero que ese niño que me mira desde tan lejos sonría tanto como yo al verle envuelto en mis recuerdos.

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