21 de Noviembre de 2018

Opinión

Momentos de bien y ternura

En innumerables ocasiones algún maestro, médico o sacerdote siente la satisfacción de haber brindado un momento de consuelo...

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Existen demasiadas voces que a diario nos tratan de convencer de la belleza de este mundo, de la importancia de verlo con buenos ojos, convencidos de que una buena actitud nos liberará sin duda de los escozores y rigores de esta vida; siendo cierto que el pesimismo no aportará nada bueno a nuestros días, el extremo opuesto puede resultar en un optimismo infundado e iluso. Este otro extremo de la realidad, tan falso como el pesimismo exacerbado, ha llegado a producir también toda una industria de farsantes mercaderes que aseguran que nuestro mundo se plegará a nuestros deseos por el simple acto de que así lo decretemos.

Si nuestra vida pudiera dar un giro mágico tornándose en todo aquello que deseamos por el simple hecho de así desearlo, probablemente este mundo sería algo parecido al Edén mismo; el simplemente desear que nos vaya bien en la vida no nos la hará más llevadera, el autoconvencernos que por el simple hecho de decretarlo nuestros días futuros serán mucho mejores que los presentes es rayar en una ingenuidad casi infantil.

Sin embargo, hordas de charlatanes dedicados a la comercialización de la esperanza pasan las horas de su vida asegurándonos que esto es posible, proporcionándonos sus sabios consejos a través de una infinidad de libros y talleres que nos garantizan transformarán nuestra vida y nos estacionarán a perpetuidad en la felicidad. 

La realidad es muy distinta: si bien mantener una buena actitud, esperar lo mejor del futuro para nosotros y quienes nos rodean, esperar lo mejor del porvenir, son requisitos indispensables para poder orientar positivamente nuestra vida, eso de ninguna manera nos podrá garantizar jamás que nuestros días transitarán por el camino esperado; la imprevisibilidad de la existencia es un elemento indisoluble de la realidad humana.

Es por eso que en el azaroso camino que a cada uno de nosotros nos ha tocado vivir, los momentos de ternura no son solamente bálsamos indispensables para curar nuestras heridas, sino caminos de fortalecimiento personal, verdaderas vitaminas emocionales, que no evitarán los golpes, raspones y accidentes de nuestra existencia, pero sin duda permitirán reponernos y encontrar el espíritu de esperanza para continuar nuestro transitar por este mundo.

La importancia de los momentos de ternura va más allá de las visiones románticas melcochosas que el cine, la televisión o incluso algunas obras de la literatura nos han endilgado; si bien hay ternura en la vida de pareja, no la hay menos en la actitud de una madre al consolar a sus hijos ante un fracaso, tampoco la hay menos en la compañía de un amigo o un hermano que nos ayuda a transitar por una enfermedad; rebosante de ternura es la agitación de la cola de un perro al recibirnos en casa después de un día cansado y probablemente ese sea nuestro buen momento de la jornada. Acciones de ternura que generan bienes inesperados en quienes las recibimos, invaluables medicinas ante las epidemias de dolor y sufrimiento que transitan a través de nuestro camino por el mundo.

Los momentos de bien y de ternura no son sólo aquellos que recibimos, sino indudablemente aquellos que brindamos, porque en  esta dinámica de dar indudablemente también se recibe y no se recibe menos de lo que se da; la estabilidad emocional, la serenidad del espíritu no solamente es para quien recibe el gesto de cariño y ternura, sino que invade cada uno de los momentos de la vida de quien los ofrece.

No es posible percibir en su totalidad los efectos últimos de los actos de ternura que brindamos. En innumerables ocasiones algún maestro, médico o sacerdote siente la satisfacción de haber brindado un momento de consuelo, con ternura haber podido señalar algún camino, brindar alguna opción o simplemente haber acompañado en un instante de dolor o soledad.

Sin embargo, la ternura marca nuestros días. ¿Quién no recuerda instantes de ternura que hayan marcado su vida y que  permanecen mucho más de lo que podrían imaginar quienes nos los proporcionaron? De la misma forma que nunca sabremos la profundidad, hondura y permanencia de los efectos que la ternura que hemos brindado causen en la vida de quienes nos rodean.  

Es así como, a través de  los días que la vida nos permita permanecer en este mundo, acabamos avanzando apoyados los unos en los otros y qué mejor que hacerlo a través de los instantes de bien y ternura que mutuamente tenemos la posibilidad de brindarnos.

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