16 de Octubre de 2018

Opinión

Monsiváis y José Emilio

Carlos y José Emilio eran un par de niños genios que, eso sí, se codeaban de tú a tú con sus mayores, el más cercano de los cuales era Sergio Pitol.

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Suele encuadrarse a Carlos Monsiváis y a José Emilio Pacheco en la llamada Generación de los Cincuenta, junto con Eduardo Lizalde, Inés Arredondo, Sergio Pitol, Emmanuel Carballo, Juan Vicente Melo, Salvador Elizondo, Vicente Leñero, Juan García Ponce y Sergio Galindo. En realidad, como todas las clasificaciones por el estilo, ésta sirve más para el libro de texto que para el retrato vivo de los clasificados.

Dicen mucho más las siguientes palabras de Elena Poniatowska: “Conocí a Monsiváis en 1957 al lado de José Emilio Pacheco. Siempre los vi juntos. Delgadísimos, ágiles, implacables, pero también consigo mismos... Ambos de pelo oscuro, mordaces, traviesos, anteojudos, deslumbrantes, caminaban y tomaban café y se leían en voz alta sus engendros.”

Nacido el 4 de mayo del 38, en 1957, Monsiváis había cumplido los 19 años y José Emilio, nacido el  30 de junio de 1939, apenas los 18. Todavía no votaba ninguno de los dos, porque el derecho al voto a los 21 años se obtuvo hasta 1969, con Díaz Ordaz. Eran un par de niños genios que, eso sí, se codeaban de tú a tú con sus mayores, el más cercano de los cuales era Sergio Pitol, seis años mayor que José Emilio. Desde luego estaban ambos en torno de la Revista Mexicana de Literatura, de la revista Estaciones y la Revista de la Universidad. 

Es interesante comprobar cómo, siendo tan distintos, aparecen de súbito y tan unidos en el centro no sólo de las letras sino de la conciencia mexicana para ganarse de inmediato el respeto y para establecer puntos de vista por completo nuevos. Quienes nacimos en los cuarentas ya los reconocimos como consagrados aun cuando no eran mucho mayores que nosotros. Ahí estaban sus autobiografías en Editores Mexicanos Unidos y sus antologías de la poesía mexicana del Siglo XIX, preparada y prologada por José Emilio, y del Siglo XX, preparada y prologada por Monsiváis.

En Mérida tuvimos la suerte de recibirlos poco antes de sus respectivos fallecimientos. Vi a Carlos por última vez en la casa de Pedro Infante, ya con las dificultades por el enfisema que sufría. En cambio José Emilio estaba lleno de vida cuando platicamos en el restaurante Amaro. De familia campechana, veía con fascinación la calidad de vida en Mérida. Era esa calidad perdida por la Ciudad de México uno de los principales motivos de sus lamentaciones.

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