19 de Septiembre de 2018

Opinión

Nadia Escalante, poeta

Presentarán en el MéridaFest el poemario “Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo”, de Nadia Escalante Andrade, con el cual obtuvo el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Mérida 2013.

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Dentro de las actividades del MéridaFest ha tenido lugar la presentación del poemario “Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo”, de Nadia Escalante Andrade, con el cual obtuvo el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Mérida 2013.

El español Luis García Montero, el mexicano Javier España y el venezolano Víctor Bravo compusieron el jurado.

Escribo antes de la presentación, así que no podré referirme a los conceptos, seguramente brillantes, de José Díaz Cervera y Nidia Cuan.

Podrán enterarse de ellos los lectores por diarios y revistas especializados, pero yo no he querido que pase la oportunidad de subrayar mi firme convicción de que se trata de una de las poetas más originales y de mayor calidad con las cuales cuenta actualmente Yucatán.

Catorce poemas, algunos de diversas formas, inclusive en prosa poética, forman un libro que es testimonio del viaje por lo más íntimo del propio espíritu, así como de los encuentros con una otredad que en estos viajes suelen darse.

En alguna conversación con la poeta, me hablaba de su afinidad con Andréi Tarkovski, místico del cine. Y estas andanzas por los terrenos de una mística llena de imágenes de gotas, de cielos, de lluvias, de falta de certezas racionales y, sin embargo, de presencias inexpresables pero seguras, a la manera de Tarkovski, pueden explicar perfectamente las tonalidades y aun los sonidos de la poesía de Nadia Escalante.

En una entrevista señalaba la poesía rusa como influencia, “la de Anna Barkova, Marina Tsvetaieva, Osip Mandelstam y Boris Pasternak”, así como su gusto por el expresionismo del poeta austriaco Georg Trakl. Posteriormente señalaba que “tanto los expresionistas como los rusos le han dado una mirada muy atenta a esa época del año, al otoño”, por lo cual tituló su libro como “Octubre. Hay un cielo que baja y es el cielo”.

Bajo las nubes ásperas, caóticas, turbulentas que dan nombre al primer poema, “Asperatus”, va recorriendo “el agua compartida” de los distintos cielos, hasta llegar al plumaje del cuadro “territorial y migratorio” de las oropéndolas, “dorado y tosco, / como el color de tu mirada, / a contraluz, / cuando alcé los brazos para rodear tus hombros” y, en el último terceto del último poema, definir que precisamente las oropéndolas “permanecen, / libres y amarillas, / para que sigamos en el mundo”.

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