13 de Noviembre de 2018

Opinión

Nadie vio nada en 12 años…

¿no podía Oceanografía haberse solamente beneficiado de su relación contractual con Pemex y consolidarse como una corporación confiable en lugar de emprender un azaroso camino de engañifas?

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Un proveedor del Gobierno federal o un contratista que realiza obras de infraestructura o una empresa que construye hospitales públicos o una corporación que distribuye equipo a las dependencias oficiales, ¿no puede meramente ganar dinero, y sanseacabó, sino que necesita hacer trampas, birlar sus emolumentos a los trabajadores, dejar de solventar sus deudas, maquillar las contabilidades y evadir impuestos?

¿Una empresa requiere de ganancias absolutamente desorbitadas para ser rentable? ¿Cuál es el límite de lo razonable en la aspiración —perfectamente legítima, por lo demás— de sacar provecho de un negocio particular?

¿No hay manera de celebrar contratos y de obtener adjudicaciones sin llegar a arreglos deshonestos? ¿Cuánta codicia es admisible y a partir de qué momento la obtención de una utilidad moderada deja de ser atractiva para un empresario, al punto de que tiene que recurrir a la estafa y el engaño? ¿La asociación entre el Gobierno y los empresarios es obligadamente fraudulenta?

Dicho en otras palabras, ¿no podía Oceanografía haberse solamente beneficiado de su relación contractual con Pemex —la empresa “de todos los mexicanos”, no lo olvidemos— y consolidarse como una corporación confiable en lugar de emprender un azaroso camino de engañifas? 

Ahora bien, estamos hablando de una realidad, la del capitalismo rapaz, que nos ha envuelto ya a todos: la actual recesión económica mundial, de la que apenas están emergiendo las economías más desarrolladas, se deriva directísimamente de los malos manejos del sector financiero, de sus abusos y codicia.

Bernard Madoff está en la cárcel, es cierto, pero la agencias calificadoras que tan alegremente ignoraron las señales de alarma cuando los bancos jugaron con fuego siguen ahí, rebajando las notas a países enteros, diciendo quién es de fiar y quién no, lanzando condenas y premiando a las economías que más recortan los derechos sociales. 

En Oceanografía, tampoco nadie vio nada a lo largo de 12 años (o más). La ceguera, por lo visto, se ha vuelto muy contagiosa en estos tiempos. 

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