21 de Septiembre de 2018

Opinión

Los negros sueños de Kitam (1)

Kitam, joven guerrero de la tribu de los itzaes, se despertó cuando todavía las estrellas caminaban disimuladas entre las nubes...

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La noche había caminado largo trecho sobre la plataforma del mundo. Comenzaba ya a dibujarse en el horizonte de las horas –apenas vislumbrada- la mantilla dorada del día. Se presagiaba una radiante jornada, llena de luz, tejida con hilos de oro, como se supone deben ser las de las fiestas de este día. 

Kitam, joven guerrero de la tribu de los itzaes, se despertó cuando todavía las estrellas caminaban disimuladas entre las nubes sobre la comba del cielo rumbo al oriente y el rocío hacia burbujas cristalinas sobre las hojas del balché. Le pidió a su esposa, la bella Cuzam, que le preparara una bola de keyem, le pusiera dos o tres tortillas en el morral y dos chiles secos y su calabazo. Le esperaba una larga caminata y quizá no volvería a casa sino hasta entrada la tarde. Iría a Chichén a consultar al sabio sacerdote porque tenía un presentimiento y quería que leyera los 20 granos de maíz.

Se acercaban los días Uayeb –los cinco días nefastos en que, según su padre, Nakom, el otrora poderoso cacique de la costa norte, debía arreglar sus asuntos pendientes y prepararse para el nuevo año-, pero esta vez presentía que las cosas no irían bien. Había visto negras parvadas de escandalosos tordos sobrevolar su casa y observado que las hormigas rojas  abandonaban sus guaridas.

Kitam estaba inquieto, de mal humor e irritable –la bella Cuzam trataba de hacerlo regresar a su natural alegría, la que la había hecho enamorarse (aparte su porte) del joven-. Algo va a pasar, insistía en augurar Kitam. No sé qué sea, pero siento que el futuro llega cargado de ominosas situaciones. Lo peor de todo es que nuestra orgullosa estirpe va a sufrir traiciones de sus propios hermanos. ¡Ay, en mala hora Itzamná, el señor que da la vida, me dotó del don de presagiar el porvenir!

Antes de salir pidió a Cuzam que barriera la casa y llevara a tirar la basura en las afueras del pueblo como ordenaba la tradición. Le recordó que ante la cercanía del uinal Pop debían renovar sus vestidos, los utensilios del hogar  y prepararse para los 13 días de ayuno y abstinencia de sexo –a ellos que tanto disfrutaban del fuego de sus jóvenes cuerpos era la parte que más trabajo les costaba cumplir-. Durante el Uayeb  -los días sin nombre-, Cuzam ya sabía que su guerrero ni se bañaría ni haría ningún trabajo, menos se le acercaría, porque eran los días nefastos.

Kitam primero hizo el trayecto por una vereda hasta el sakbé que llevaba a Xcambó (puerto salinero y entrada y salida para el comercio de los itzaes) y ahí se unió a otros sacerdotes y guerreros que llevaban el mismo rumbo  (las mujeres se quedaban en las casas a arreglar todo antes de que llegara el Pop). Al llegar a Chichén, ya estaban reunidos en la plaza decenas de otros dignatarios llegados de los pueblos comarcanos y de más allá, inclusive de la lejana Tulum.

El sacerdote inició la ceremonia que los había congregado. Quemó el copal en el brasero y pidió a los demás que hicieran lo mismo con la aromática resina que tenían en las manos. Cumplidos los ritos, Kitam se aceró al gran sacerdote –hermano de su padre y uno de los más sabios y respetados dignatarios del pueblo maya- y le habló de sus preocupaciones.

-Maestro, he visto señales en el cielo y en la tierra que me llenan de desasosiego. Sé que a veces exagero con  mis preocupaciones, pero también estoy consciente de que cuando presiento algo muchas veces se cumple. ¿Qué me dices? ¿Qué dice el corazón de las aves?

Se acercaba el katún 8 Ahau, que, según los escritos antiguos de los que le habían hablado tanto su padre como su tío, llegarían de allende el mar unos hombres blancos y barbados que traerían palos de fuego, unas enormes y poderosas bestias y enfermedades y desgracias nunca antes padecidas por el pueblo maya.

El venerable sacerdote oyó lo que Kitam refería y, tras tirar los 20 granos de maíz sobre una pequeña manta, fumar el cigarro de tabaco y mirar el rumbo de las volutas (como ordenaba el ritual), con gesto adusto y sombrío, le dijo: “Las señales se alinean con tus pálpitos, hijo mío. Vienen días negros, de desgracias y maldiciones para nuestro pueblo. Con unos guerreros que llegarán en grandes barcos y traerán armas nunca vistas por nosotros, vendrán también enfermedades desconocidas y una religión que predica el amor, pero que no se cumplirá. Esos hombres va a tomar a nuestras mujeres, van a apropiarse de nuestros bienes y nos van a someter a esclavitud. Serán años de llanto y sufrimiento. Cuida a Cuzam porque será objeto de la lascivia de esos que vienen a conquistarnos”.

Está escrito, siguió: “Estas cosas se cumplirán y nadie podrá detenerlas”...

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