25 de Septiembre de 2018

Opinión

Ni quejarse ni culpar

Entregar nuestro poder a algo o alguien es aceptar la esclavitud.

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Si no tienes libertad interior, ¿qué otra libertad esperas tener? .- Arturo Graf, poeta                           

Cuando asumimos la responsabilidad de nuestro comportamiento y sentimientos, nos permitimos hablar en “primera persona” y así afirmar la responsabilidad de uno mismo. 

¿Para qué quejarse?, mejor hacer “algo” para terminar o aliviar la situación que incomoda. Y ¿echar culpas?, ¿a quién?, ¿a qué?; al fin y al cabo uno y sólo uno mismo lo permitió, y tal vez hasta lo propició. 

La libertad no es negociable. Entregar nuestro poder a algo o alguien es aceptar la esclavitud. Nuestras acciones se verán restringidas; nuestros pensamientos y emociones condicionados. La libertad interior nadie nos la puede arrebatar. 

Ser libre es elegir nuestro ¡BIEN! Ser libres es ser dueños de nuestras decisiones sabiendo que NADA es perfecto. Todo tiene un costo y un beneficio. Recordemos que cada quien decide lo que le parece importante para su vida.

Hay que tomar en cuenta la capacidad que tenemos para elegir y escoger, esto es ser selectivos; por ejemplo: llevar al cabo alguna actividad que nos guste en sí misma, estar libremente allí, haciendo lo que nos interesa. 

Tenemos la capacidad de tender a la acción y la actividad. La intencionalidad es ese movimiento que nos hace salir de nosotros mismos para relacionarnos con otros y con situaciones que nos abren nuevos horizontes. 

Cada mirada conlleva la alegría de un nuevo descubrimiento. La relación con el “otro” implica una nueva responsabilidad. Hay que evitar el deseo de posesión ya que ésta impide el desarrollo individual.

Es maravilloso caer en cuenta de que somos capaces de dirigir nuestra propia vida, teniendo presente que todo acaba, que todo termina, lo mejor y lo peor, todo cambia. Vivir el hoy conscientemente es lo que realmente hace la vida plena y mejor. 

Aceptar que no tenemos la “bola de cristal” para ver el futuro y controlarlo. Practicar el abandono a la Providencia de Dios y confiar en que lo que venga podremos afrontarlo, inclusive el adiós definitivo para “volver a casa” con la satisfacción de haber vivido episodios de felicidad, también de tristeza y dolor, pero, eso sí, de mucho aprendizaje porque aprender a amar lleva toda la vida.  

¡Ánimo! hay que aprender a vivir.

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