24 de Septiembre de 2018

Opinión

Ni sobran ni faltan libros

Para el aficionado la lectura es la inversión que permite disfrutar el tiempo de una manera íntima y reflexiva.

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Recuerdo con regocijo los primeros libros que me compró mi papá. Rondando  los nueve años contemplaba orgulloso los volúmenes formados en la repisa junto a mi cama. Al paso de los años la colección aumentaba y con ella el  feliz sentimiento de la posesión. Con la llegada de nuevas propuestas me di cuenta que iba seleccionando un territorio preferente para los “consentidos” que regularmente releía –Julio Verne, Don Camilo, Sherlock Holmes, Allan Poe− y otro para los meramente leídos.

Hablando con mi padre, siendo ambos adultos, coincidimos en el hábito de ser tan afectos a la lectura. También nos preguntamos de dónde viene la costumbre implícita de comprar libros y guardarlos. Porque platicando de las novelas favoritas, concluimos que poseíamos muchas interesantes que no pensábamos considerar de nuevo y entonces ¿para qué conservarlas? ¿Para presumir, darnos importancia, o con qué especial motivo?

Para el aficionado la lectura es la inversión que permite disfrutar el tiempo de una manera íntima y reflexiva. Pero leer es siempre un episodio incierto. Es como ir a un museo a ver la muestra temporal. Por tanto, una vez acabada la feliz coincidencia con el texto hay que decidir qué hacer con el ejemplar recién terminado, porque, si bien cumplió con su cometido, en muchos de los casos es solamente uno más. 

Conservadoramente, el grosor de los ejemplares actuales va de los dos a los cinco centímetros. Calculando esto por los cuarenta que compro anualmente implica destinar casi un metro lineal o más de espacio. El punto es que no hay librero que dé. Tarde o temprano se satura y la mejor voluntad preservadora se rinde ante la falta de superficie.

Para mi buena suerte, vino en mi auxilio el maravilloso ejemplo de Don Rigoberto, entrañable personaje de Mario Vargas Llosa: he decidido mantener un único librero, donde rondan por ahí 400 tomos, ni uno más. Eso me obliga, cuando finalizo algo apasionante que se ha ganado a pulso mantenerlo cerca, a desalojar de su sitio algún prescindible. 

Mi recompensa: tener a la mano sólo libros predilectos. Por eso aplaudo la invitación a regalar los ejemplares que no pensamos revisar nuevamente, siendo empáticos con los potenciales lectores que están esperando la solidaridad del que es capaz de desprenderse de un bien que no usa. 

¡Vaya biem!

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