13 de Diciembre de 2017

Opinión

No los envidio

La cosa es que esos muy ricos me dan pena, tienen tanto que no pueden vivir, no al menos como nosotros los simples mortales.

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No soy rico. Y a estas alturas de mi vida tampoco creo que vaya a serlo. Hablo de rico de verdad, no esos poch ricos que comen frijol y eructan pavo. De esos que tienen suficiente como para mandarlo a guardar al estilo de los Panama Papers. Si alguien de verdad rico me dice que la envidia me da rasquera en el sisifrís, a lo mejor tiene razón.

La cosa es que esos muy ricos –de verdad requete ricos- me dan pena. Tienen tanto que no pueden vivir, no al menos como nosotros los simples mortales que podemos ir a donde nos dé la gana, caminar por la calle hasta en la madrugada y visitar cualquier cantina de mala muerte sin temor a ser asaltados.

Vea usted: sus casas –hace unos días estuve en una- están en sitios inexpugnables, rodeadas de medidas de vigilancia extrema, en confinamientos, lujosos eso sí, llamados cerradas exclusivas, cuyas entradas controlan ojos electrónicos y donde, para entrar, uno debe entregar su identificación, decir a qué va, con quién y casi dejar una muestra de ADN. Si los ricos salen debe quedar registro de su salida, como en la cárcel con los preliberados.

Si ellos, sus esposas o hijos van a la calle, deben hacerlo en enormes camionetas  muchas veces blindadas, ser seguidos por un cuerpo de seguridad –o al menos por un gordo grandote con cara de pocos amigos- que no los pierde de vista ni en el baño; su familia no sabe lo que es ir al Centenario o Animaya, jugar futbol en canchas de tierra, revolcarse en un charco de agua tras la lluvia, caminar sin zapatos, comer cualquier cosa en algún puesto callejero… En fin, vivir sin ataduras. Ni siquiera portarse mal pueden.

Por eso me dan pena, porque, aunque pueden mandar dinero a paraísos fiscales, beber y comer lo mejor, irse de paseo al extranjero y algunos hasta tener avión propio, no conocen los placeres sencillos que otorga la libertad. Los  compadezco.

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