23 de Septiembre de 2018

Opinión

No hay amor más grande

Historias de carne y hueso, de gente real como usted y como yo, nos demuestran la grandeza a la que puede llegar el espíritu humano.

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En memoria de don Rubén, Álvaro, Mónica y Ana Lilia

El 23 de septiembre de 1977, en Tecomán, Colima, don Rubén Tello González cumplía su labor como repartidor de gas, se encontraba aprovisionando a un molino y tortillería, la calle estaba llena de gente bulliciosa, eran horas de la mañana y cercanos al establecimiento había una escuela primaria y un jardín de niños. La vida transcurría con la normalidad que en esas épocas caracterizaba a la provincia mexicana, nada parecía perturbar el ambiente y nadie se encontraba preparado para lo que en pocos momentos ocurriría.

Durante la descarga, don Rubén se percató de que algo andaba mal, una violenta fuga de gas procedente del tanque de su unidad de reparto inundaba el ambiente, el peligro era mayúsculo y la cercanía de los colegios y el encontrarse en el centro de la ciudad conjuntaban los elementos suficientes para que se generara una tragedia de proporciones inimaginables.

Sin pensarlo dos veces, don Rubén subió al camión, su pensamiento se encontraba solamente enfocado en alejar el peligro lo más posible del centro de Tecomán; a toda velocidad atravesó la ciudad sin pensar en sí mismo, sólo con la idea fija de alejar el peligro de sus conciudadanos. Logró salir de la ciudad y llevó el vehículo a una zona despoblada, aún en marcha el automotor prendió fuego y don Rubén falleció en él carbonizado; su vida la ofreció generosamente a cambio del bienestar de la gente de su pueblo.     

El 8 de abril de 1982, Jueves Santo, un día antes de la muerte de Cristo, Álvaro Iglesias Sánchez, un joven de 20 años de la ciudad de Madrid, se encontraba paseando en moto con un amigo por la calle Carranza en la capital española cuando su moto se descompuso, al no poder repararla decidieron entrar a un bar a tomar unas cervezas; al salir Álvaro y su amigo del establecimiento pudieron darse cuenta que había un fuerte incendio en uno de los edificios de esa calle y que los vecinos contemplaban las fuertes llamas en espera de la llegada de los bomberos.

Sin pensarlo dos veces, Álvaro se quitó la chamarra de cuero que llevaba, se la entregó al amigo y ante las miradas sorprendidas de todos se adentró en el edificio en llamas. Los bomberos tardaron veinte minutos más en llegar y después de una intensa batalla lograron controlar el incendio; en los pisos superiores localizaron el cadáver de una mujer y junto a ella el de un hombre joven, ambos completamente carbonizados.

Al día siguiente junto con la conmemoración de la crucifixión de Cristo, el cuerpo de Álvaro era sepultado, la ciudad entera, impactada por el desprendimiento de un joven de aquellos a los que tantos criticaban, le despedía con respeto y admiración.

Este reciente 29 de enero de 2015, la explosión de una pipa de gas originaba una gran tragedia en un hospital en Cuajimalpa, el escape de grandes cantidades de gas presagiaba una tragedia, se dio la orden de evacuar de inmediato el hospital; sin embargo las enfermeras Mónica Orta Ramírez y Ana Lilia Gutiérrez Ledezma sabían que en el interior del hospital se encontraba gran cantidad de bebés; desafiando el peligro ambas fueron por ellos.

Ana Lilia iba y venía sacando a los niños que podía, hasta que la explosión la mató de inmediato. Cuando los bomberos lograron controlar la situación y pudieron entrar por ella encontraron su cuerpo junto con el de un niño que llevaba firmemente abrazado; mientras tanto Mónica había ido por un niño que se encontraba en incubadora, los bomberos la encontraron de pie junto a la incubadora protegiéndola con su cuerpo, las enormes quemaduras ocasionaron que falleciera dos días después.

Estas historias de carne y hueso, de gente real como usted y como yo, nos demuestran la grandeza a la que puede llegar el espíritu humano. Sé que algunas de las hijas de don Rubén reclamaban la acción de su padre, ya que a tierna edad su decisión les privó de su compañía para el resto de su vida, sin embargo una de ellas afirma que, a pesar de haberlo perdido, no reclama lo que su padre hizo y que su amor y ejemplo la han acompañado toda la vida enseñándole cómo se debe vivir.

Dice la Biblia que no hay amor más grande que el de aquel que da la vida por sus amigos. ¿Puede acaso haber amor más grande al ser humano que el dar la vida por un perfecto desconocido? Gracias don Rubén, gracias Álvaro, gracias Mónica, gracias Ana Lilia por mostrarnos con su vida y con su ejemplo cómo debe vivir la vida un auténtico ser humano.

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