23 de Septiembre de 2018

Opinión

No quiero dormir sola

Escribo ahora porque la ópera prima de Natalia Beristáin, “No quiero dormir sola”, me ha conmovido y trasladado a ese momento de mi primera vez teatral, además porque se está proyectando en Mérida.

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Aunque el séptimo arte esté en la base de mi formación, como a todos ocurre, no suelo escribir de cine porque es en el teatro, desde el teatro y en torno al teatro como he vivido desde que, en marzo de 1967, me subí por primera vez, profesionalmente, a un escenario. 

Escribo ahora porque la ópera prima de Natalia Beristáin, “No quiero dormir sola”, me ha conmovido y trasladado a ese momento de mi primera vez teatral, además porque se está proyectando en Mérida y me siento obligado a recomendarla para que no pase desapercibida como tanto cine mexicano que no es de cineastas ya consagrados o de infumables a lo Derbez.

Y escribo de aquella primera vez teatral (que para quienes nos dedicamos a esto supone un auténtico ritual de paso para dejar la virginidad)  porque en marzo de 1967 debuté en una compañía que contaba con una actriz entrañable, Dolores Beristáin, abuela de la realizadora. La película trata precisamente de una antigua actriz, Dolores, que ya en la vejez se acerca al alzhéimer o a la demencia senil y de su nieta quien debe enfrentar con ella el deterioro, la enfermedad y sus consecuencias. 

Todo esto me produciría tanto la sonrisa nostálgica por lo vivido como “el temor y el temblor” ante el muy próximo futuro, pero sólo para mis adentros, si no fuera porque la película es devastadora para cualquier espectador, está espléndidamente hecha y excepcionalmente actuada por Mariana Gajá y Adriana Roel.

Cuando ganó el Festival Internacional de Cine de Morelia, el periódico español El País habló de “la película mexicana que aborda el alzhéimer”. En realidad es mucho más fuerte: aborda la voluntad de partir dignamente y sus alcances, llámense Ley de Voluntad Anticipada (ya vigente en la Ciudad de México) o Suicidio Asistido (ya legal en Suiza). 

El homenaje a Chejov con el que Adriana Roel muestra (en gran actriz) el deterioro de la memoria y cierra los diálogos de su personaje ante el silencio abrumador de Mariana Gajá (también en gran actriz) aleja “No quiero dormir sola” de cualquier tono melodramático. 

Si se me permite catalogarla así, estamos mucho más en la dureza del cine europeo que en la blandenguería de Hollywood y sus colonias.

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