19 de Septiembre de 2018

Opinión

Nosferatu en Venecia

Hoy día se ve no sólo por ser un filme de culto, sino porque cuenta con interesantes escenarios y una cuidada fotografía.

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Nosferatu, el mundialmente famoso vampiro, ha tenido varias adaptaciones, entre las más sobresalientes el filme que hizo célebre al chupasangre: “Nosferatu, una sinfonía del horror” (1922), dirigida por F.W. Murnau, y “Nosferatu, fantasma de la noche” (1979), de la mano de otro alemán, Werner Herzog. Sería hasta una década después, en 1988, cuando el mismo Klaus Kinski retomaría uno de sus personajes más famosos en una producción de Augusto Caminito dirigida por Mario Caiano, quien abandonó el plató. Caminito acabó tomando la batuta de su propia película, lo cual explica los mediocres resultados, ya que “Nosferatu en Venecia” es bastante deficiente.

La idea original era retomar la historia del Nosferatu dejada por Herzog, razón por la cual se contrató a Klaus, que se negó a cortarse el cabello para aparecer con el ya clásico maquillaje del monstruo orejudo. Aquí se nos muestra con una sensibilidad y aspecto más humano, lánguido y trágico con su larga cabellera rubia ondeando sobre sus ropajes de noble (Kinski no requería mucho maquillaje para parecer una horrorosa criatura). El reparto es de estrellas de primer nivel, lo cual hace aún más lamentable esta versión: Christopher Plummer, Donald Pleasence y Barbara Rossi.

La trama se inicia cuando el Profesor Catalano es convocado a Venecia, pues Helietta, una princesa de ascendencia aristocrática descubre que su familia podría ser descendiente del mítico Nosferatu, quien fue avistado por última vez en el famoso carnaval veneciano en el siglo XVIII. Su teoría es que el monstruo nunca se fue, sino que descansa en las húmedas catacumbas del palazzo donde reside. El experto es llamado para acabar con la maldición que aqueja a la familia, pues se intuye que Nosferatu es un ser decadente que sólo desea morir, pero para ello necesita fenecer en los brazos de una virgen que le otorgue su amor incondicional. 

Al mismo tiempo, una tribu de gitanos realiza danzas y conjuros en honor al vampiro, quien se cree es proveedor de poderes místicos y de la tan ansiada inmortalidad. Como líder de esta pandilla aparece Micaela Flores Amaya, alias “La Chunga”, bailaora española de flamenco que fuera musa de Picasso, Dalí y el poeta León Felipe. Pero ni todos estos cameos pueden salvar a una producción condenada al fracaso. La película oscila entre una intencionalidad onírica, de relato de terror y de erotismo gratuito. 

Hoy día se ve no sólo por ser un filme de culto, sino porque cuenta con interesantes escenarios y una cuidada fotografía, exquisitos desnudos y una banda sonora a cargo del compositor Vangelis. Sin empacho alguno debo confesar que para verla en su idioma original la conseguí en uno de los puestos de piratería de arte en el Comics Rock Show (Metro Hidalgo).

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