21 de Septiembre de 2018

Opinión

Nuestras calles vehiculares

La calle, ese espacio de encuentros y disfrute, se ha ido convirtiendo en un estorbo para la corriente impulsora del modernismo desenfrenado.

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El elemento principal de las ciudades es su espacio público, sus calles, que es el primero y más importante lugar de reunión de sus habitantes; del espacio vial se derivan equipamientos como parques, plazas y centros de convenciones, y todos los lugares de reunión de la comunidad. 

La calle, ese espacio de encuentros y disfrute, se ha ido convirtiendo en un estorbo para la corriente impulsora del modernismo desenfrenado, ya que los automóviles, según los responsables del crecimiento de las ciudades, demandaban un nuevo orden vial en el cual el automóvil debe ser, según ellos,  el amo y señor sin cortapisa alguna; esta corriente sin freno hizo que los escasos recursos de nuestras ciudades se destinaran a la construcción de un amplio entramado vial para uso prioritario del automóvil, llenándonos de equipamientos en los que pareciera que el único usuario autorizado es el automóvil. 

Este proceso invasivo y destructivo fue desmembrando y desarticulando barrios y colonias, muchos de ellos hoy abandonados, ya que sus habitantes los dejaron por el espejismo de una nueva casa en un lejano lugar sólo accesible por automóvil; aquellos barrios de identidad y convivencia, siempre equipados de parques, hoy son simplemente sitios por los que se pasa lo más rápido posible; pero este creciente y avasallante predominio del automóvil particular no llegó solo, sino que vino acompañado de elementos y condiciones indeseables: la inseguridad, los delitos y el temor generalizado; la otrora calle democrática, la calle de todos, donde la gente se encontraba y se reunía, donde se creaba sociedad, ha ido desapareciendo en aras del malentendido progreso, donde pareciera que la identidad personal está en relación directa con el modelo y cantidad de automóviles que poseemos.

Reafirmar el papel de la calle en la vida urbana no equivale a rechazar ventajas relativas a la innovación tecnológica, cuyo reconocimiento y aplicación no nos debe conducir a negar el esencial papel que debe desempeñar la calle, condenándola a su abandono en todo lo que no corresponda al uso vehicular. ¿Por qué sacrificar los encuentros fortuitos en sus aceras, el diálogo vivo y la comunicación cara a cara en las calles? ¿Cuál es la prisa?

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