13 de Diciembre de 2018

Opinión

Obama no viaja en la otra 'Bestia'

Nos pide hacer las tareas correspondientes, entre otras, la de controlar más eficazmente el imparables flujo de inmigrantes ilegales.

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Barack Obama vino a estos pagos a decirnos que está bien enterado de la existencia del México que sí funciona: la nación que exporta, que compite, que consume, que progresa, que educa a sus jóvenes, que crea riqueza, etcétera, etcétera. También se personó por aquí para hablarnos de una futura reforma migratoria gracias a la cual millones de compatriotas nuestros, afincados en el vecino país, podrán disfrutar de los derechos que garantiza la plena ciudadanía, con todo lo que ello significa en términos inmediatos: reunión de familias separadas, acceso a la seguridad social, certeza jurídica y fin de la agobiante situación de ilegalidad. 

Eso sí, nos pide hacer las tareas correspondientes, entre otras, la de controlar más eficazmente el imparables flujo de inmigrantes ilegales que atraviesan la frontera sur de México para intentar alcanzar, luego, las bondades del llamado “sueño americano” (o, si ustedes prefieren –y para no herir las susceptibilidades de todos aquellos que se sienten despojados de un adjetivo gentilicio que también les corresponde—, el “sueño estadunidense”).

Pues, justamente, mientras los ayudantes y guardaespaldas del mandamás de la nación más poderosa de este rincón de la galaxia revisaban y acondicionaban La Bestia —ese coche-fortaleza que utiliza el presidente Obama en sus desplazamientos terrestres y que ya circuló raudamente, anteayer, por los estrechos carriles del Viaducto de la capital de todos los mexicanos— centenares de infortunados viajeros que se habían encaramado a los vagones de otra Bestia eran intimidados por una banda de miserables —“¡pagan 100 dólares o los arrojamos del tren!”—, según cuenta el diario El Universal.

Estamos hablando aquí de los trenes de mercancías que los inmigrantes ilegales centroamericanos utilizan para cruzar este país de sur a norte, afrontando primeramente el acoso de las Maras, las pandillas de delincuentes de El Salvador y Guatemala, y luego la escalofriante amenaza de unos zetas, entre otros grupos criminales, que los extorsionan, los matan, los secuestran y los violan en su trayecto hacia la frontera con Estados Unidos.

Ese día, el jueves 2 de mayo, 150 personas saltaron del tren en movimiento para no ser atacadas. Decenas se encuentran ahora con fracturas, golpes y heridas, internadas en los hospitales de la zona. A una mujer hondureña, que se resistió a pagar, la aventaron los delincuentes y cayó de cabeza sobre unas piedras. Muchos otros de los viajeros no tuvieron más remedio que apoquinar: 100 dólares para alcanzar Tierra Blanca y 300 para llegar hasta Orizaba.

Hay que tratar de imaginar, dentro de lo posible, el miedo, el sufrimiento y el desamparo de estos seres humanos. Su primer y único propósito no es otro que escapar a esa vida sin futuro a la que están condenados en unas comunidades donde no hay trabajo ni oportunidad alguna de siquiera sobrevivir con un mínimo de dignidad.

Y así, juntan esforzadamente su dinerito para tratar de afrontar las adversidades, que no son pocas, de un viaje tan aventurado como azaroso: la extorsión de los policías corruptos, el pago de las cuotas que exigen los polleros, los accidentes en el tren o la mera necesidad, absolutamente apremiante, de subsistir durante un trayecto que dura días interminables.

Pero, miren ustedes, a estos infortunados hombres y a estas resueltas mujeres que tan valientemente se lanzan a la búsqueda de un mejor porvenir, precisamente a esta gente, que es la más pobre de la más pobre y que lleva en sus bolsillos esos pocos pesos ahorrados tan duramente —que, encima, son la llave para la esperanza y la puerta para el futuro—, a esta gente, repito, se le aparece a las primeras de cambio un policía canalla o un desalmado inspector o un envilecido delincuente para arrebatarle sus magros haberes…

No hay ruindad mayor, señoras y señores, que la de despojar a los últimos de los últimos. No hay mayor bajeza ni infamia tan grande. Lo que pasa es que este país, el que se va a asociar alegremente con el vecino del norte en un proyecto de modernidad y cooperación económica, está también poblado de nociva y maléfica gentuza.

Pedro Ultreras, un cineasta que realizó un documental sobre la travesía que emprenden los emigrantes del sur, dice lo siguiente: “Cuando trabajé en la frontera quedé consternando por el abuso de la autoridades estadunidenses hacia los inmigrantes mexicanos, pero cuando pasé al sur vi que era 40 veces peor en México. Se abusa del inmigrante centroamericano a todos los niveles, autoridades locales, policías y militares. Me dio vergüenza ser mexicano”.

Este, desde luego, es el otro México, el territorio de la abyección, un lugar que hay que limpiar a fondo. Desafortunadamente, no creo que ni Obama ni Peña Nieto tengan la receta para hacerlo.

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