Obsesión por los diminutivos

En lengua maya los diminutivos se forman con la partícula chan o chichan, pequeño, chico, para el singular: chan (chan tienda, tiendita).

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Una característica dialectal del español mexicano, a diferencia del que se habla en España, es el uso y abuso de los diminutivos en el habla coloquial y quizá se deba al influjo de las lenguas nativas, en especial del náhuatl que es rico en ellos.

Los hay de varias clases y con distintos matices de significación, según el sufijo con el cual se sustituye el vocablo primario o formativo.

El náhuatl se difundió por toda Mesoamérica e influyó en las otras lenguas. Así, el uso de los diminutivos predomina en la plática familiar de los adultos de zonas rurales e indígenas: –Pásele compadrito. ¿Gusta una cervecita? –No comadrita, acabo de tomar un atolito. Se toma agüita de limón, se comen gorditas atascadas de guisado, tortillitas de manteca, frijolitos con tantita sal, carnitas de puerco, pancita de res. Se llevan mañanitas a la Morenita, se piden favorcitos, se habla quedito, se envían saluditos, se compran cachitos de lotería. Abundan también en nombres de lugar, de plantas y de animales.

Para la formación de diminutivos, las vocales tónicas admiten la forma –ito/a: mamacita, bebecito, papacito, y la alternan a menudo con mamita, bebito, papito. 

En la lengua maya peninsular los diminutivos se forman con la partícula chan o chichan, pequeño, chico, para el singular: chan (chan tienda, tiendita). En el español regional chan también tiene un valor de afecto: Me chan ayuda que ves; o mejen para el plural (mejen miis, gatitos).

Numerosas voces mayas se han adecuado al español en su carácter de diminutivos: chichita (de chiich, abuela); boxito (de boox, negro); p’ichito (de p’íich, protuberancia de alguna cosa); nich’ito (de níich’, mordisco), ch’ilibito (de ch’ilib, palillo). De aves: xk’ok’ita (de xk’ook, ruiseñor); bech’ita (de beech’, codorniz); mukuyita (de mukuy, tortolita).

El uso de los diminutivos llega hasta los adjetivos: bastantito (de bastante), incluso de origen maya como t’upito (de t’uup, menor de la familia); dzirisito (de ts’ilis, niño/a pequeño/a); o adverbios como ainitas (de aína, por poco); ahoritita (de ahora); merito (de mero, casi).

El lenguaje culinario está repleto de diminutivos: chanchamito (de chancham, tamal envuelto en hoja de elote); pimito (de piim, tortilla gruesa); codzito (de koots’, arrollado), tortilla frita hecha taquito; chayita (de chaya) tamal de chaya, frito, y relleno con pepita molida y huevo duro. Gustamos de la cochinita pibil, los lomitos de Valladolid, los tamalitos de espelón, o de dulces como los zapotitos de pepita de calabaza o de los besitos de yema de huevo y azúcar glas. 

Ni el nombre de Dios (diosito) y las vírgenes (virgencita) se han escapado de los diminutivos.

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