16 de Julio de 2018

Opinión

Padres, hijos e insectos

A través de una voz que dibuja escenas, personajes, sentimientos y reproches...

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Al escribir, existe una dinámica cuya fuerza va en contra de toda posibilidad de lograr escondernos del lector. De momento, nos encontramos pensando en los ojos lectores futuros, en cómo nos conciben e imaginan; cómo a partir de nuestras palabras llegamos hasta ellos con la esperanza de tocar sus fibras, las más internas. Escribo para usted.

Este pensamiento surgió a partir de dos obras de Franz Kafka, una fue relectura y la otra un primer acercamiento hacia un texto que viene incluido en la misma edición. Las obras correspondientes son La metamorfosis (1915) y Carta al padre (1952). En el primer texto conviene hacer alusión a una de las citas más famosas, la cual nos sirve como el punto inicial de una desesperación empática hacia el personaje: “Al despertar una mañana de sueños inquietos, Gregorio Samsa se encontró transformado, en su cama, en un gigantesco insecto”. No parece haber algo alarmante en dicha metamorfosis, sino que el verdadero conflicto es la adaptación de todos los personajes, la función de la sociedad que señala los defectos y la creciente necesidad por mantener una vida próspera; una suerte de tragedia fantástica, cotidiana y social.

Por otra parte, en Carta al padre, Kafka comienza con un abrazo íntimo y letrado; descubrirse ante el lector de tal manera, supone una confianza sin medida. A través de una voz que dibuja escenas, personajes, sentimientos y reproches, sentimos la fragilidad entre la relación de un padre y su hijo. 

Todas aquellas circunstancias que han formado al primero y que se reflejan en las inseguridades y miedos del segundo. Hay lugares en común. Somos ese padre o ese hijo, los errores entre ambos, los silencios y las durezas; el miedo. De igual manera, somos devoción y entrega; el amor incondicional.

La cercanía de las historias es una ventana donde nos miramos, pues la universalidad de circunstancias no distingue entre insectos o humanos. A partir de rasgos autobiográficos, Kafka se comparte con nosotros mediante guiños a nuestra sensibilidad y nos recuerda que en cada etapa acumulamos historias; cambiamos de personaje.

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