23 de Septiembre de 2018

Opinión

Peña, el pragmático

Algunos confundieron a Peña Nieto con Felipe Calderón. Naturalmente, se equivocaron.

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Seguramente habrá a quien le haya sorprendido la remoción de Humberto Benítez como titular de la Profeco. A mí no.

Lo extraño, tomando en cuenta la trayectoria de Enrique Peña Nieto, habría sido lo contrario: que continuara esa suerte de obstinación presidencial con dejar en su puesto a un funcionario cuestionado tras un evidente e innegable abuso de poder. Y no se trata de elogiar la “brújula moral” de Enrique Peña Nieto (si es que semejante cosa existe).

Se trata, en cambio, de comprender, de una vez por todas, cómo opera el cerebro político del Presidente.

Durante la pequeña crisis (creada, de manera fabulosa, por la presión de las redes sociales) hubo quien supuso que Peña Nieto daría la espalda a la conveniencia política con tal de defender a uno de “los suyos”, a un hombre que el propio Presidente ha llamado su “maestro” desde los tiempos de la brega mexiquense.

En otras palabras, algunos confundieron a Peña Nieto con Felipe Calderón. Naturalmente, se equivocaron.

A diferencia de Calderón, para quien la lealtad (y la protección a sus leales) era un valor supremo, a Peña Nieto nada le importa más que el cálculo pragmático.

Basta ver su historia, incluso la más reciente. En el momento más complejo del caso Paulette, el entonces gobernador Peña reconoció en la renuncia de su querido amigo, el procurador Alberto Bazbaz, la salida natural a una crisis que amenazaba, y en serio, su futura candidatura a la Presidencia.

Sin importar la camaradería que lo unía con Bazbaz, Peña Nieto mandó a su amigo a la congeladora, de la que apenas salió hace unos meses para encabezar la Unidad de Inteligencia Financiera de Hacienda, un puesto de relativamente bajo perfil para un hombre que, de no ser por Paulette, pintaba para mucho más.

Peña recurrió a esa misma pericia pragmática cuando eligió a Eruviel Ávila como su sucesor, dejando de lado a su familiar (e íntimo consejero) Alfredo Del Mazo.

La lección estaba (y está) clarísima: nada: ni la sangre, ni la lealtad, ni nada, está por encima del ejercicio pragmático del poder.

Eso, y no otra cosa, está en el centro del frío cerebro político del Presidente. No entender el mecanismo o menospreciar al hombre es un error mayúsculo. La prueba de ello está en el 2012.

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