23 de Septiembre de 2018

Opinión

Poner orden sin derramar sangre

Una ciudad donde mandan los que peor comportamiento cívico tienen...

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No queremos que corra la sangre, avisan, muy piadosos, los encargados del orden público y la seguridad en la capital de todos los mexicanos. Una ciudad sitiada por hordas de maestros inconformes que impiden la mismísima apertura del periodo extraordinario de sesiones en el Congreso de la nación y que han obligado a nuestros representantes populares a buscarse una sede alterna para discutir las leyes que van a promulgar.

Una ciudad cuyas avenidas han sido bloqueadas y cuyos habitantes pierden horas enteras atascados en un tráfico infernal; una ciudad en la que, anteayer, los viajeros no pudieron llegar al aeropuerto, ni en taxi ni en Metro ni a pie, porque los manifestantes les cerraban el paso (cuatro mil viajeros perdieron sus vuelos y no hace falta siquiera imaginar la frustración y el enojo de esa gente, por no hablar de las colosales pérdidas económicas); una ciudad afeada, profanada y manchada; una ciudad en la que lo meramente cotidiano se vuelve una humillante experiencia de sometimiento.

Una ciudad en la que no se puede ejercer un derecho tan elemental como el de la libre circulación; una ciudad extorsionada; una ciudad en la que los intereses directos de la inmensa mayoría de sus habitantes se sacrifican sin mayores problemas; una ciudad sin ley o, mejor dicho, una ciudad supeditada a los caprichos de una minoría de insolentes, majaderos e irresponsables; una ciudad donde mandan los que peor comportamiento cívico tienen; una ciudad donde no importa el bienestar de sus habitantes, sino la “apertura al diálogo” y la “libertad de ideas” que merecen, extrañamente, aquellos que se imponen con arrogancia a los demás; una ciudad que se desprestigia; una ciudad que pierde recursos y competitividad; una ciudad donde el orden público no es un valor; una ciudad sin certezas.

Una ciudad de autoridades tembleques que invocan el respeto a grandiosos derechos para no cumplir con sus más inmediatas obligaciones; una ciudad donde sobran los pretextos para disfrazar los intereses clientelares; una ciudad que se ha olvidado de la belleza y que entrega indignamente sus plazas y monumentos a turbas de agitadores oportunistas; una ciudad que no se da a respetar.

Una ciudad donde pierden los que cumplen y ganan los que incumplen; una ciudad de huecas palabrerías para justificar la deliberada falta de acción de las autoridades; una ciudad de intereses distorsionados por la politiquería; una ciudad de prioridades confundidas; una ciudad, en fin, que acoge a los desobedientes y que los premia creyendo que los va a satisfacer siendo, por el contrario, que ellos no solo no se darán nunca por satisfechos, sino que irán cada vez más lejos y pedirán cada vez más, más y más.

Pero, por favor ¿quién diablos ha dicho que debe correr la sangre? ¿Alguien ha propuesto que a los maestros de la CNTE se les masacre? ¿En qué mente cabe, salvo en la cabecita de algún loco furibundo, que deban ser ejecutados, fusilados o aniquilados? ¿De qué sangre derramada hablamos si han sido algunos de esos individuos, más bien, quienes ya han agredido y lesionado a policías desarmados?

¿Acaso la única manera de salvaguardar el orden púbico y de ponerle un límite a los provocadores es perpetrando un baño de sangre? ¿No sabemos, acaso, que hay maneras perfectamente civilizadas de contener y dispersar a una multitud? 

¿Una fuerza policiaca antimotines debe de ser forzosamente una pandilla de bárbaros sanguinarios? ¿No han visto, esos funcionarios municipales tan ejemplarmente contenidos, que en muchas ciudades del primer mundo se utilizan vehículos que lanzan chorros de agua a alta presión que no matan a nadie? 

¿No confían, las autoridades de la capital, en sus propias fuerzas del orden? ¿No pueden dar instrucciones precisas para rodear a los sublevados, contenerlos, aislarlos y dispersarlos siendo que han sido los otros, en primer lugar, quienes han desplegado la violencia al impedir que ciudadanos inocentes lleguen a su destino?

Y, la gran pregunta final: ¿hasta dónde va a llegar todo esto y a qué posible modernidad puede aspirar una ciudad sin ley y sin orden?

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