12 de Diciembre de 2017

Opinión

El PRD sin Cuauhtémoc

De poco servirán las descalificaciones de los dirigentes nacionales del PRD a la renuncia de Cuauhtémoc. Un partido incapaz de mantener en su seno a sus fundadores difícilmente puede esperar crecer en la sociedad.

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A pocos días de convocar, junto con Porfirio Muñoz Ledo, a buscar una nueva Constitución para la República, Cuauhtémoc Cárdenas presentó su renuncia al Partido de la Revolución Democrática. Veintiséis años después de llamar a su fundación, el excandidato presidencial no encuentra más en el PRD una opción para hacer política y alcanzar cambios para el país.

No se sabe con precisión que hará Cárdenas en el futuro inmediato, pero es claro que su figura puede pesar mucho en la suerte que la izquierda corra en la elección de 2015. En cualquier escenario, su dimisión pronuncia la prolongada y profunda crisis del mayor partido de la izquierda mexicana en su peor momento.

Por una parte, la escisión encabezada por Andrés López ha obtenido ya el registro de un nuevo partido, Morena, que disputará intensamente el otrora voto duro del PRD, por lo que puede esperarse la peor votación de éste al menos desde 1991.

Por otra, el dominio interno de la corriente Nueva Izquierda ha dado lugar a una oposición perredista cómoda, de cuyas negociaciones con distintos gobiernos ha hecho su modo de vida una porción importante de los dirigentes de ese partido, renunciando a la búsqueda de cambios políticos y sociales de fondo para México.

Esta línea política -muy semejante a la que en su momento tuvo el paraestatal Partido Socialista de los Trabajadores, del que provienen los principales dirigentes de Los Chuchos- ha tenido como consecuencia directa un distanciamiento entre el PRD y su electorado.

Si las cosas siguen por este camino, la elección de julio próximo marcaría un retroceso de treinta años en el desarrollo de una izquierda partidista capaz de disputar exitosamente elecciones a todos los niveles. Se volvería al escenario de una multiplicidad de partidos pequeños, confrontados y políticamente asfixiados en los márgenes de los comicios y de la sociedad, como el que se vivía hasta 1985.

De poco servirán las descalificaciones de los dirigentes nacionales del PRD a la renuncia de Cuauhtémoc. Un partido incapaz de mantener en su seno a sus fundadores difícilmente puede esperar crecer en la sociedad.

Por el bien de la política en México, espero sin esperanza que esta crisis lleve a cambios de fondo en el todavía principal partido de la izquierda mexicana.

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