24 de Septiembre de 2018

Opinión

El PRD en la desventura

Actualmente el PRD adolece de una propuesta política distinguible de las de sus contendientes y capaz de atraer el voto...

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En 1989, el Partido Mexicano Socialista cedió su registro electoral, que era el que el Partido Comunista había obtenido en 1977, al más grande proyecto de la izquierda durante la segunda mitad del siglo XX, el Partido de la Revolución Democrática. El PRD se constituyó de inmediato en una fuerza competitiva que, con altas y bajas, logrò disputar las más importantes posiciones electivas del país, si bien no llegó a conquistar la Presidencia. Durante casi un cuarto de siglo fue el principal referente político y electoral de la izquierda mexicana.

A partir de la elección de 2015, sin embargo, se vio reducido a ser uno más de los contendientes de esta tendencia, al dividirse sus votos en tres partidos de tamaño medio, PRD, Morena y MC, y uno pequeño, el PT. Este desfondamiento electoral, si bien abrupto, no fue casual, sino el resultado de un proceso de lustros en los que, gradualmente, fue perdiendo identidad programática en favor de un inmediatismo electoral que, por un lado, impidió el desarrollo de un proyecto político de mediano plazo y, por otro, degradó la vida interna del partido. Este pasó de ser un partido desordenado, pletórico de voluntarios y escaso de profesionales, siempre mal pagados, a ser una alianza muy conflictiva de corrientes autoritarias en disputa por dinero y espacios de poder para su ejercicio personal o de corriente y con nula dirección programática.
El daño estructural producido por este proceso fue mayor.

Lejos del objetivo difuso de convertirse en algo así como un nuevo viejo PRI, con más sensibilidad social y no tanto compromiso con la élite económica del país, el PRD se acerca cada vez más a las prácticas y condición política al Partido Socialista de los Trabajadores. No es casual que en esta dinámica destaquen figuras provenientes de aquel viejo organismo paraestatal, como Jesús Ortega, eterno dirigente de la Nueva Izquierda, la corriente más fuerte del partido, o Graco Ramírez, gobernador de Morelos.

Actualmente el PRD adolece de una propuesta política distinguible de las de sus contendientes y capaz de atraer el voto ciudadano ajeno a estructuras políticas organizadas. Su tradicional oposición al modelo económico neoliberal se ha visto disuelta tanto por su sistemática subordinación a los dueños del dinero y potenciales patrocinadores de ambiciones políticas, como por la integración de no pocos de sus más visibles dirigentes a un mundo de negocios y componendas personales y grupales incompatibles con la oposición al estado de cosas del país. Su presidencia nacional en manos de una operadora de Miguel Mancera, que no es siquiera miembro del partido, es emblemática de la situación.

No es previsible que, en estas condiciones, este partido levante el entusiasmo de los electores. Ni en 2017 ni en 2018.

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