21 de Septiembre de 2018

Opinión

Primera ficción del 2014

Iván el ruso era todo un intelectual y playboy que solía seducir mujeres bellas y tontas, fingiendo poner atención a sus pláticas.

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Dejando de lado mis habituales comentarios críticos sobre el quehacer cultural y artístico yucateco, en esta ocasión quisiera compartir con mis lectores un cuento de mi autoría, pues desde el 2013 no he publicado en este espacio mis ficciones y minificciones, así que en ocasión del primer mes del 2014 que finalizó ayer, les dejo estas breves líneas en la espera de que sean de su agrado:

El ruso también es una lengua

Iván el ruso era todo un intelectual y playboy conocido y por conocer. Solía seducir mujeres bellas y tontas, fingiendo poner atención a sus pláticas insulsas hasta que ya no soportaba más y las besaba para que se callaran. 

Naturalmente, dichas mujeres pensaban que él moría por ellas. Pero nada más alejado de la verdad.

Un día, Iván conoció a Vania: era tan bella como las demás pero inteligente como ninguna. 

Ella, que conocía bien la fama del gigante ruso, no cedería tan fácilmente a sus flirteos e insinuaciones. Sin embargo, Iván, que si bien era un seductor también era un tipo que sabía lo que quería y que contaba con la suficiente voluntad para obtenerlo, no cejó en sus intentos, pues si algo lo obsesionaba era conquistar a aquella mujer indomable, ya que en estas cuestiones, una vez que Iván se lo proponía, era irreductible hasta la necedad.

Finalmente, cuando tuvo la oportunidad, Iván no sedujo a Vania. Respetaba demasiado su inteligencia como para intentar alguno de sus trucos baratos. 
Optó por ser honesto, incluso corriendo el peligro de perderse por tan singular mujer, cuestión harto delicada para un hombre como él.

Vania hablaba y hablaba, cada palabra tocaba una fibra sensible del gran ruso, que se sentía pequeño ante el abismo de la belleza y majestuosidad de tan brillante mujer. 

No obstante, sus palabras penetraron en él de una forma paulatina, insoportable e inevitable, hasta que Iván ya no pudo más.

La besó y ella también: se besaron, con la certeza de que lo hacían no para callarse mutuamente, sino porque sus cerebros así lo exigían, ya que debían comunicarse a través de la lengua, puesto que tanto uno como el otro habían caído rendidos ante la palabra…

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