18 de Enero de 2018

Opinión

¿Qué chetumaleño queda en pie?

Territorio de maestros de la política hasta hace algunos años, la capital del estado ha contemplado la demolición de sus figuras más reconocidas...

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Territorio de maestros de la política hasta hace algunos años, la capital del estado ha contemplado la demolición de sus figuras más reconocidas y de algunas promesas que se han colocado la dinamita por cuenta propia –como el alcalde capitalino Carlos Mario Villanueva Tenorio–, para dejar a esta zona del estado en la orfandad, como una familia de alcurnia obligada a empeñar sus diamantes, atrapada en el recuerdo de glorias remotas.

Tan grande es el desamparo del sur a estas alturas, que un sector de la capital se refugia en el resurgimiento de Eduardo Espinosa Abuxapqui, quien tiene en la bolsa la candidatura del PRI a la alcaldía capitalina, jugando una eliminatoria sin oponente, mero trámite.

Nunca se había repetido platillo en la alcaldía capitalina, ya que las numerosas opciones se combinaban con una tibia oposición muy cómoda con su función de legitimar el proceso, sin lanzar un casual jaque a los tricolores que le han dado a la presidencia municipal una categoría de secretaría del gabinete, siempre bajo el control absoluto del primer priísta del estado.

Pero un escenario un poco más competido, combinado con aspirantes con despreciable peso electoral, le ha dado a Abuxapqui la oportunidad de repetir como candidato, sin que esto represente para el sur un rejuvenecimiento de su potencial político, tan intrascendente que no pinta ni da color.

Los últimos senadores chetumaleños fueron Eduardo Ovando Martínez (PRI) y Wadi Amar Shabshab (PAN), quienes de 2000 a 2006 tuvieron un desempeño decoroso. Incluso, Ovando se lanzó con determinación tras la candidatura gubernamental, pero el gobernador Joaquín Hendricks se encargó de cortarle las alas, pese a ser su compadre y sobre todo también chetumaleño.

De hecho, el ex gobernador chetumaleño Joaquín Hendricks Díaz se encargó de arrebatarle al sur el control político del estado, condenándolo a esta situación adversa y no menos merecida.

El chetumaleño tan sólo tiene seguras dos posiciones de primera línea: la alcaldía capitalina y la diputación federal por el segundo distrito. En el primer caso, se trata de una posición muy limitada y con enorme carga de desprestigio, por lo que el futuro alcalde tendrá que dedicar un año a la tediosa operación de dejar la nave en condiciones adecuadas para navegar a baja velocidad, dando tumbos.

Y la alcaldía capitalina en esas condiciones queda a merced de una voluntad superior, por lo que el alcalde tendrá funciones de subordinado, incapaz de brincarse las trancas para fortalecer su imagen para irse por la libre, pensando en la grande.

En cuanto a la diputación federal, todo dependerá de que el legislador forme parte del grupo en el poder, condición que lo fortalecerá incluso artificialmente para estar en primera fila cuando sea convocado a las armas.

El chetumaleño no tiene un líder que señale la tierra a conquistar. De hecho, cada figura lleva agua a su molino, impulsando a los integrantes de su primer círculo y promoviendo a su familia, sobre todo a los hijos, pese a su carencia de atributos.

Incluso, se han dado hasta con la cubeta con tal de imponerse, distanciándose en definitiva por agravios muy dolorosos, como ocurrió entre Eduardo Ovando Martínez y Eduardo Espinosa Abuxapqui.

En tales condiciones, ningún chetumaleño puede tomar el bastón de mando para consolidar un grupo capaz de desafiar a los que tienen la sartén por el mango, y al paso que vamos la conservarán por buen tiempo.

Pese a todo, si un chetumaleño asume una posición de poder es motivo de orgullo para muchos en la capital del estado, por haber sido marginados a partir de 2005 de posiciones de primera magnitud. El pecho se le hincha al viejo chetumaleño que consume café, presumiendo las virtudes de su amigo o vecino.

Pero las cartas son ya contadísimas, y muchos chetumaleños son peones sin iniciativa, obligados a pedir permiso para ir en busca de alguna posición, como desechable infantería.

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