23 de Septiembre de 2018

Opinión

Quien ha llorado ve mejor

Quien niega las experiencias dolorosas de su vida nunca podrá dar consuelo y esperanza a otra persona.

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Nada de lo que es humano, me es extraño.- Publio Terencio,  dramaturgo latino                                                         

Tomar consciencia de las propias heridas nos permite poder acompañar y ayudar a una persona que esté pasando por un trance doloroso. Esa  experiencia no nos encierra únicamente en un túnel oscuro y tenebroso sino que nos lleva a la luz. Es un proceso necesario para que la vida se renueve y le encontremos mayor riqueza y aprecio. En la persona humana se encuentra tanto la herida como el poder de sanación y renovación. 

Muchas veces, cuando se trata de consolar a una persona, nos orientarnos hacia los recursos y fortalezas de uno mismo y no recurrimos a nuestras fragilidades personales. Al compartir nuestra propia experiencia dolorosa y de cómo pasamos del dolor a la aceptación y a “vivir” de nuevo es cuando realmente ayudamos a la recuperación de la otra persona. 

Compartir el destino humano y las partes poco amables e inevitables de la vida, como la soledad, la enfermedad, el crecimiento, las separaciones, las pérdidas físicas y afectivas, los vacíos existenciales y la inmadurez, provoca una especie de transferencia en la que el dolor y las heridas del que sufre se reflejan de algún modo en quien lo atiende y acompaña. 

No reconocer la propia vulnerabilidad tiene graves consecuencias en la relación interpersonal. El desentendimiento y rechazo de las experiencias dolorosas que son parte de la vida pueden inducir a la actitud de ver en sí mismo, únicamente, la dimensión sana y en el otro sólo la dimensión herida. Se toma una actitud paternalista que no tiene en cuenta los recursos sanadores del otro y conduce a un estilo intervencionista, es decir, a resolver las situaciones de los demás con una serie de consejos y recomendaciones. 

La postura de invulnerabilidad o negación de las dolorosas realidades de la vida impiden la compasión y reconocimiento de que el otro tiene la capacidad de llevar al cabo su propio proceso de recuperación y salir avante. 

Quien niega las experiencias dolorosas de su vida nunca podrá dar consuelo y esperanza a otra persona.   

¡Ánimo! Hay que aprender a vivir.

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