20 de Octubre de 2018

Opinión

Quintana Roo, casa de todos

En el marco del Día Internacional del Migrante, celebrado el domingo 18, abundaron las publicaciones...

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En el marco del Día Internacional del Migrante, celebrado el domingo 18, abundaron las publicaciones en torno al drama padecido por miles lejos de su hogar, que en un contexto de cambios globales por la nueva correlación de fuerzas, muchas veces alcanza el nivel de tragedia.

He conocido testimonios desgarradores de inmigrantes asentados en Quintana Roo, provenientes de lejanas latitudes, aunque principalmente de Centro y Sudamérica. Pero la cercanía geográfica no resta importancia a las narraciones, por ejemplo, de los antillanos, quienes también han sufrido en busca de una hipotética vida mejor.

Porque durante los últimos años la migración irregular y los riesgos se han multiplicado en todo el mundo, y nuestro estado no es la excepción. Viven aquí personas de más de 100 nacionalidades, por lo que razas, religiones y costumbres han aprendido a coexistir con innegables dificultades.

Dos relatos pertinentes: Don Norberto llegó a México huyendo de la dictadura militar de cierto país sudamericano en los años 70, cuando esta nación abrió las puertas a refugiados y asilados. Había estabilidad política, crecimiento económico y paz social, lo que no en el subcontinente. Evidentemente eran otros tiempos.

Durante una década se desempeñó en múltiples oficios en la capital del país hasta que alguien le contó las maravillas de Cancún, un paraíso que en los años 80 estaba en pañales. No fue pionero, pero sí de los primeros en la construcción y los negocios, explotando el comercio internacional en una entidad con incipiente infraestructura pero con una posición geoestratégica envidiable por sus muchas fronteras abiertas.

Cancún le gustó porque en esos años nadie era “local”. Se sentía, contaba él, como en un parque donde todos se sienten libres y tienen las mismas opciones. Ya no prevalece esa condición: por un lado no faltan los extranjeros que prefieren delinquir, y por otro, tampoco los nacionales que se sienten desplazados.

Don Ricardo llegó a México y a Cancún en la misma época que don Norberto, aunque procedente de cierto país centromaericano, escapando de la guerrilla y los golpes de estado. Pero su historia de vida es opuesta: en completa soledad y en situación de calle hasta su muerte. En más de una ocasión reconoció que falló él y no la gente ni el sistema. 

Al reflexionar sobre tantas historias, las conclusiones se suceden una tras otra: la condición de migrantes no es estigma ni un impedimento para surgir, menos en este territorio. La disciplina, el contexto y las circunstancias pueden pesar más que la discriminación, la ley rigurosa o la dificultad para adaptarse. De igual manera, se puede suponer que uno traza su destino.

Las anécdotas de migrantes traen moraleja y abundan en el estado. Seguirán incrementándose de acuerdo con el pronóstico de las autoridades, quienes no obstante han tratado de contener el flujo olvidando la visión más importante: las necesidades y los derechos de todas las personas, sin distingos de ninguna naturaleza.

Visto así, faltarán casas de migrantes, clubes sociales y deportivos, atención especial en casos de emergencia o leyes aplicables según los pormenores de cada caso. Quintana Roo ha sido casa de todos los que hacen el bien. En estos tiempos, es una gran bendición.

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