18 de Noviembre de 2018

Opinión

Rápido y furioso

El mundo se mueve más rápido de lo que somos capaces de apreciar.

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El mundo se mueve más rápido de lo que somos capaces de apreciar. Físicamente es cierto, no percibimos la velocidad de la rotación y traslación; metafóricamente también es verdad, pues los hechos ocurren con demasiada rapidez para apreciarlos en su contexto correcto. Esta realidad se aplica aún con más razones en las redes sociales, donde el efecto de unos cuantos ceros y unos transforman al mundo sin siquiera terminar de mandar el “tweet”. 

Los cambios sociales que desde mediados de año pasado sufre el mundo, agarran en curva a la sociedad, aún cuando sea esta misma la que los crea. La transición en Quintana Roo, la elección de Donald Trump, la caída en desgracia de los gobernadores salientes, la muerte de grandes personajes y el #gasolinazo con todo y sus consecuencias, abrumaron a los usuarios del universo digital, dejando a muchos sin la oportunidad de crear una opinión propia sobre los hechos.

Rápida y furiosamente, las redes sociales pasaron de celebrar a condenar y del susto a la alegría, creando un caleidoscopio de emociones encontradas que, una vez que se “medio calman” las aguas del océano digital, dejan a muchísima gente prácticamente como empezaron: sin una idea clara del por qué ocurrió ni sus consecuencias. Este escenario no implica que los “tweeteros” o “facebookeros” caigan en la inacción, todo lo contrario: entran a escena como un tsunami de publicaciones tristemente superficiales, reaccionan ante los acontecimientos no tanto porque les interese lo que pasa en el mundo, sino para no perderse la ola y surfear a gusto como todos los demás usuarios, hasta llegar tranquilamente a la playa a esperar la próxima marejada para lucir sus “capacidades” digitales. 

En su discurso de despedida, Barack Obama dijo algo muy interesante: “Si están cansados de discutir con extraños en internet, traten de hablar con uno de ellos en la vida real”. Los usuarios de las redes sociales de hoy en día, viven en la autocomplacencia de charlar con la pared o de argumentar sin ganas de conseguir a algo constructivo, sólo para sentir que tienen la razón. Sin llegar al extremo de satanizar las herramientas digitales, la frase del presidente saliente de Estados Unidos debe llamarnos a la reflexión (y acción) para rescatar el diálogo en las redes sociales, recuperando la importancia de participar realmente en la construcción de los cambios que queremos para nuestra realidad política y comunitaria.  

Como esgrimimos la semana pasada, la satisfacción y complacencia del activista de sillón aleja a los usuarios de internet de formar parte importante y positiva de la transformación del mundo, y ello lo atribuimos a la cada vez más obvia incapacidad para observar y analizar lo que ocurre y se oculta detrás de cada “trending topic” que llega a la lista mundial.  Los usuarios de las redes sociales perdemos poco a poco (y lo sabemos) la capacidad de pensar por nosotros mismos, dejando que sea la necesidad de figurar la que guíe nuestros “tweets” y  publicaciones, y no la oportunidad de opinar con conocimiento de causa y responsabilidad. 

Tristemente, este síndrome por “tweetear” a lo “rápido y furioso” afecta también a los medios de comunicación que se avientan al ruedo del mundo digital, minando su credibilidad y por ende, abriendo puertas a los portales de noticias falsas y tendenciosas que, al igual que Donald Trump, conocen muy bien a su público diciéndoles lo que quieren leer y compartir al instante para sentirse parte de la noticia, aunque no la entiendan ni tantito. 

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