17 de Diciembre de 2017

Opinión

El rastro de sus letras

El final es ineludible, es la condena o el alivio de todo aquello que tiene principio...

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El final es ineludible, es la condena o el alivio de todo aquello que tiene principio. Puede llegar abruptamente, como cuando cerramos un libro de golpe sin escuchar más, o bien, si lo que buscamos es evitarlo, vamos despacio, con cuidado para no provocar un desenlace prematuro, para que sus letras queden impresas en algo más que el papel.

También podemos optar por espaciar nuestras visitas a sus páginas, evitando agotarlas en un santiamén, y para mitigar la ausencia que produce el alejamiento, compartimos con quienes se interesen el eco de sus palabras, las reproducimos al pie de la letra para escucharlas nacer de nuestra voz y así sentirnos un poquito sus dueños.

En otras ocasiones, para prolongar su compañía volvemos atrás cada dos por tres líneas, o intentamos consumirle en otras presentaciones: cine, teatro, televisión, versiones corregidas, aumentadas, traducidas, ilustradas. Aprovechamos cualquier posibilidad de revivirle, unas con mejor resultado que otras.

Mientras más disfrutamos la lectura de una obra, más deseamos convertir la travesía en larga estancia. Quizá por eso adoptamos a ciertos autores como favoritos, nos familiarizamos con la contundencia de sus frases, a cada paso descubrimos el ritmo torrencial con el que persiguen sus obsesiones, en cada uno de sus textos encontramos un pedazo de ellos mismos, en fin, su escritura la identificamos con leer unas líneas:

“Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar”.

Seguro reconoces a Gabriel García Márquez en el párrafo final de Un señor muy viejo con unas alas enormes, que tu estancia en sus letras sea siempre providencial.

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