14 de Noviembre de 2018

Opinión

Realidad, una palabra terca

El alcalde dice que ya retiraron a los ambulantes, pero no está hablando con base en la realidad, no concuerdan con los hechos, son irreales.

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La palabra realidad tiene una génesis muy interesante y es de la mayor importancia que se conozca porque sólo conociéndola se la puede valorar y usar correctamente. Quien la acuñó fue el filósofo escolástico, de la escuela de Tomás de Aquino, Juan Duns Scoto (o Escoto. 1226, Duns, Inglaterra; 1308, Colonia, Alemania) y proviene etimológicamente del vocablo latino res, cuyo significado abarca desde cosa material hasta ser, objeto, poder, causa, experiencia, etc. El Aquinate consideró la palabra res como un Trascendental, es decir una cualidad de existencia que abarca a seres materiales e inmateriales. Realidad, entonces, es la existencia no importa si material o inmaterial.

Cuando el alcalde, Renán Barrera Concha, dice que ya se ha retirado de las calles de 22 manzanas a los vendedores ambulantes y uno camina por esas arterias y ve vendedores ambulantes, tiene que concluir que el alcalde no está hablando con base en la realidad. Sus palabras no concuerdan con los hechos, son irreales.

Cuando el presidente de la Cámara de Comercio, José Manuel López Campos, anuncia que su organización está preparada para capacitar en los negocios a una segunda generación de ambulantes que puedan convertirse en microempresarios y uno ve que de aquella primera que se capacitó con importante costo para el erario municipal (realmente para nosotros) la mayoría sigue en las calles, tiene que concluir que tampoco sus palabras se adecuan a la realidad.

Y no es que uno y otro sean enemigos de la verdad, sino que la terca realidad que decía Lenin -la falta de empleos, de oportunidades de realización, el hambre, la miseria y el oportunismo político de líderes venales- se impone a sus buenos deseos y avasalla cualquier intento de mejorar las condiciones de vida de quienes se dedican a la venta ambulante.

Si por esos vendedores fuera, seguro tendrían una supertienda en la plaza más nice de Mérida y andarían no en camión sino en la Cheyene apá. Las huayas y los mangos verdes con chile son el clavo ardiente al que sujetan su precaria realidad.

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