22 de Julio de 2018

Opinión

Redoble por Günter Grass

Así fue como dos amigos entrañables se cruzaron en mi vida, uno de carne y hueso, otro hecho de papel...

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A Walter López Blanco, por su amistad literaria

Fue alrededor del 2003, cuando yo contaba con 19 años, que en los pasillos de la universidad las charlas literarias y los cigarrillos interminables sirvieron de telón de fondo para una de las amistades fundamentales de mi vida, al menos intelectualmente hablando. Walter, que a la sazón tendría 32 años, pronto se convirtió en mi guía y gurú literario, poniéndole un pie a la soberbia propia de la juventud, cacheteándome con críticas y argumentos, brindando con cerveza y reflexiones, algo que pocos de mis contemporáneos podían darme.

En un tiempo en el que idolatraba a García Márquez, “Papá Walter” (como le llamábamos por ser el mayor de la clase), me asentó un librote casi como diciéndome: “Olvídate del realismo mágico, esto es lo que hay que leer, hay que ir a la fuente, a los precursores”. El libro en cuestión era “El tambor de hojalata”, de Günter Grass, fallecido apenas hace unos días a los 87 años, el 13 de abril. Así fue como dos amigos entrañables se cruzaron en mi vida, uno de carne y hueso, otro hecho de papel. A la fecha sigo intentando dilucidar quién era quién. 

Su extensa novela de 1959 relata los avatares de Oscar Matzerath, un niño que, por un accidente fortuito, dejó de crecer a los 3 años. Su enanismo no impidió su lúcida madurez intelectual, la cual le hizo ser testigo –mas no protagonista- del tiempo que le tocó vivir en Alemania, comprendido entre 1920 y 1952, donde relata su niñez, la accidentada vida familiar e, incluso, se remonta hasta sus ancestros, a los cuales nunca conoció.

De su infancia en su natal Danzig a la ascensión y caída del nazismo, Oscar, siempre acompañado de su fiel tambor, parece indicar con la marcha de sus percusiones el ritmo y el tempo de su época, como un observador, cronista satírico de las costumbres pequeñoburguesas de la sociedad germana.

Para ello, Grass se vale de numerosos recursos narrativos, amén de la riqueza y amplitud del lenguaje manejado, así como una compleja trama que, magistralmente construida, no pierde en ningún momento el sentido del humor, pues está llena de episodios graciosos como la historia del abuelo pirómano que huyendo de las autoridades atraviesa un campo de cebollas para esconderse bajo las 4 faldas de la abuela de Oscar, engendrando a Agnes, su madre.

Todo lo anterior es narrado analépticamente (en retrospectiva), tanto en primera como tercera persona, ya que inicia con Oscar internado en una institución psiquiátrica, donde, a través de sus recuerdos y de su diario, da saltos sincopados en el tiempo. Esta novela inicia la llamada “Trilogía de Danzig” y en 1979 fue adaptada al cine por Volker Schlöndorf.

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