12 de Diciembre de 2017

Opinión

Refuerzos delictivos

Como si la capital del estado y sus zonas aledañas no tuviesen acentuados problemas de inseguridad, algunos elementos de la Policía Estatal Preventiva han asumido el papel de sigilosos cazadores de transeúntes, a quienes despojan de sus pertenencias, golpeándolos y dejándolos abandonados en zonas solitarias, repletas de maleza.

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Como si la capital del estado y sus zonas aledañas no tuviesen acentuados problemas de inseguridad –más incontrolables y generalizados con el paso del tiempo–, algunos elementos de la Policía Estatal Preventiva (PEP) han asumido el papel de sigilosos cazadores de transeúntes, a quienes despojan de sus pertenencias, golpeándolos y dejándolos abandonados en zonas solitarias, repletas de maleza.
 
Lo que menos necesita el sur a estas alturas es una policía con elementos dedicados a actos delictivos de esta naturaleza, ya que alimentan los datos del agravio social, cobrando incluso un sueldo aportado por el contribuyente, vía gobierno del estado.
 
Estos “levantones” de transeúntes son un síntoma preocupante de lo mal que andan las cosas en una dependencia que sigue acumulando puntos en contra, mientras su dirección de asuntos internos es tan efectiva como una pistola de dardos con la mira retorcida.
 
La capital del estado en forma acelerada se ha convertido en un lugar donde los actos delictivos son pan de cada día, enfrentados en teoría por corporaciones caricaturescas cuyos elementos en muchos casos asumen el papel de enemigos de la sociedad con uniforme.
 
La cuestión salarial puede ser parte del origen del problema, pero este es generado por una vocación delictiva amparada en la impunidad, ya que los jalones de oreja ejemplares y escarmientos están ausentes, siendo suplantados por fingidos arrestos administrativos o tersas advertencias entre amigos.
 
En Seguridad Pública se impone un golpe de timón para depurar a la corporación, ya que al paso que va su nombre será un apodo multiplicador de risa. Esperemos que los altos mandos tomen cartas en el asunto, por el bien de todos.
 
El Ávila Camacho, un asco 
 
El demolido Teatro Ávila Camacho, ubicado a unos pasos de Palacio de Gobierno –entre la delegación del Issste y la Secretaría de Planeación y Desarrollo Regional–, ha sido abandonado a tal extremo que un monte alto se ha apoderado del escenario.
 
Los malos olores predominan en esas ruinas de lo que en otro tiempo fue un emblema de esta ciudad, desde la época del Territorio, ya que fue construido en 1952, durante el mandato de Margarito Ramírez Miranda. De hecho, funcionó como alberge luego del paso devastador del huracán “Janet”, a fines de septiembre de 1955.
Imperdonable es el hecho de que borrachines lo hayan elegido como sitio idóneo para hacer sus necesidades fisiológicas, sin que la Secretaría de Cultura diga esta boca es mía.
 
Y es que no siempre la excusa debe ser la falta de presupuesto. Lo peor es la generalizada  indiferencia de los chetumaleños que ocupan posiciones de poder, no sólo a nivel burocrático. Pero esa es la importancia que damos a nuestro pasado.

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